Vicente Echerri

El peligroso ejemplo de Cataluña

Efectivos de la Guardia Civil y de la Policía Nacional españolas, siguiendo instrucciones de un juzgado, practicaron registros esta semana en varias dependencias del gobierno catalán, así como en viviendas de algunos de sus funcionarios y en negocios particulares. En estas redadas, además de otros materiales propagandísticos, los agentes incautaron varios millones de papeletas para un referéndum ilegalmente convocado por las autoridades autonómicas para el 1 de octubre, en el cual se le pediría a la ciudadanía pronunciarse a favor o en contra de la secesión de Cataluña del resto del Estado español.

La enérgica acción de las fuerzas del orden que, de momento, descarrilara la logística de esta consulta ilícita, ha provocado, a su vez, manifestaciones de protesta de grupos afines a la independencia que quieren presionar desde la calle el proyecto que el gobierno regional tiene cada vez menos probabilidades de llevar adelante. Al desafío de las turbas, el gobierno central ha respondido con el envío de refuerzos de la Policía Nacional y la Guardia Civil con vistas a que prevalezca el orden constitucional.

La situación parece agravarse por días y ya hay voces que juzgan los actos de protesta como un estado de franca sedición que Madrid tendrá que reprimir. Hasta ahora, las respuestas del gobierno español han sido “proporcionadas”, término en que han insistido todos los altos funcionarios que se han pronunciado al respecto; pero la escalada se hace inevitable según el gobierno de Cataluña —tanto en el Ejecutivo, como en el Parlamento—, controlado por ultraizquierdistas de diverso pelaje, insiste en su proyecto de ruptura.

No parece que el nacionalismo catalán —que ha tenido repuntes periódicos y que se afinca en esa lengua bárbara a medio camino entre el castellano y el provenzal— sea el combustible más decisivo en este impulso hacia la secesión. La voz cantante la lleva la izquierda antisistema, de profunda raíz anarcocomunista, que odia las estructuras del Estado y, no pudiendo desmontar sus instituciones en todo el país, aspira a convertir a Cataluña en avanzada de ese proyecto, sin importarle, desde luego, la miseria que ello podría acarrear.

A los que encuentran alguna justificación a estos empeños rupturistas, bueno es recordarles que Cataluña nunca fue una nación. Lo más cerca que estuvo de ese estatus fue en la Edad Media cuando, como condado de Barcelona, era parte del reino de Aragón, junto al cual entró a formar España cuando aquél se unió con Castilla bajo el cetro de los Reyes Católicos. No es de negarles a los catalanes una idiosincrasia —como también la tienen los gallegos y los vascos—, la cual se reconoce en el estatuto de autonomía que contempla la constitución española y donde estos particularismos encuentran sobrada latitud.

Los independentistas catalanes —cuyo fin último es no sólo la fractura de España, sino también el derrocamiento de la monarquía constitucional y la democracia que los españoles se dieron hace 40 años— parecen dispuestos a echar un pulso con el Estado en los próximos días apelando a la abierta sedición en las calles, ya que no pueden hacerlo a través de las instituciones. En este momento de crisis, al Estado le corresponde no flaquear —tal como ha hecho hasta ahora— aunque las medidas a tomar sean aun más drásticas y excepcionales, sin excluir la suspensión de la autonomía y de las garantías constitucionales, e incluso la imposición del toque de queda si prosiguieran los desmanes de las turbas y la interrupción de la paz pública.

Para bien del orden democrático mundial, esta rebelión no debe prosperar. De llegar a tener éxito, sería nefasto para España y muy mal ejemplo para el resto del mundo.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

©Echerri 2017

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