Vicente Echerri

Hacia el desarme de los anarquistas

Cada vez que hay una matanza en Estados Unidos (algo que parece reiterarse con mayor frecuencia y número de víctimas) se reanima el debate entre los que denuncian la libertad con que se adquieren las armas de fuego en este país y abogan por su más estricta regulación e incluso la absoluta prohibición de adquirir fusiles de asalto, y los que invocan la Segunda Enmienda de la Constitución para defender la libertad de poseer armas e incluso de portarlas. El hecho de que la mayoría de los defensores de tener y llevar armas de fuego milite en el Partido Republicano enturbia este debate al prestarle un carácter partidista que no tendría por qué tener.

La reciente masacre de Las Vegas ha vuelto a poner sobre el tapete el tema de la regulación de las armas. Creo que después de esta última carnicería somos más los que creemos en la perentoria necesidad de prohibir estos instrumentos de muerte, pero acaso todavía no constituyamos una mayoría decisiva para abrogar la Segunda Enmienda que respalda indirectamente casi todas las muertes violentas por armas de fuego que aquí pasan cada año de 30,000. Muchas más que la suma de bajas fatales que Estados Unidos ha tenido en sus escenarios de guerra desde 2001 hasta la fecha, algo que una persona decente y genuinamente conservadora no podría juzgar sin escándalo.

El proceso de concientización social —hasta que la venta de armas se tenga por un delito tan grave como el de vender estupefacientes— al parecer exigirá nuevas y mayores masacres. Muy triste es que una sociedad tenga que pagar tan alto precio para llegar a convencerse de lo absurdo y calamitoso de esta libertad en la adquisición de armas largas que no sean meras escopetas de caza, libertad que responde al machismo individualista de la época de los pioneros, que dejamos atrás hace mucho en la medida en que la vida civilizada fue reservando la defensa de los individuos en las manos de los organismos de la justicia y de la fuerza pública. Esta cultura del vaquero que aún prevalece en el mundo rural norteamericano es una rémora de una época bárbara que exige un replanteo y mecanismos para su erradicación.

El presidente Trump, triste es reconocerlo, no ha sabido aprovechar los hechos de Las Vegas para distanciarse del núcleo duro de sus electores y apelar al amplio respaldo de la ciudadanía donde crece el rechazo a estos actos brutales y la necesidad de que dejen de ocurrir. Esta hubiera sido una coyuntura para mostrar su independencia de criterio y una auténtica vocación de estadista que hasta ahora no ha salido a la luz, pero acaso esto sería pedir demasiado de quien parece tan afín a los bravucones rurales y suburbanos que ven en sus arsenales privados una garantía de sus derechos.

El ciudadano verdaderamente conservador paga impuestos para que la policía lo cuide y para que las Fuerzas Armadas protejan el Estado en que vive. El conservador es un fanático del orden y las instituciones. El hombre o la mujer que cree que necesita de un fusil automático o semiautomático para preservar sus libertades y derechos frente al Estado es un anarquista o está en camino de serlo, aunque no lo sepa. La puesta en práctica de una agenda verdaderamente conservadora en Estados Unidos deberá incluir, en algún momento del futuro, la abrogación de la Segunda Enmienda y la absoluta cesión de las armas ofensivas a la custodia de las autoridades. Sólo entonces podríamos dar por superada la mentalidad de frontera y el anarquismo que genera.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

©Echerri 2017

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