Vicente Echerri

Ocasión para celebrar

De nuevo estamos en otro aniversario del descubrimiento de América por los europeos y un exacerbado indigenismo quiere que convirtamos este día festivo en una fecha luctuosa o en el recordatorio de una insuperable calamidad. Los portavoces de la indignación se expresan en las lenguas que vinieron de Europa —español, inglés, portugués— y en nombre de pueblos extintos (como es el caso de los indios del Caribe) o muy mestizados. Con esa vocación típica de la izquierda más militante, pretenden reescribir la historia, en el sentido del juicio que hacemos sobre los hechos del pasado. Algunos han llegado a proponer incluso la remoción de las estatuas de Cristóbal Colón.

Los gobiernos y las instituciones, en este y otros países, con frecuencia se muestran débiles frente a estas reivindicaciones absurdas, acaso por el complejo de culpa que se han encargado de inculcar y propagar desde ciertos ámbitos del mundo académico para hacernos sentir herederos directos de poco menos que un genocidio y una gigantesca usurpación con claras connotaciones raciales o racistas. Esa rectificación —que surge débilmente en el siglo XIX y que se manifiesta ahora en pleno auge con un inconfundible tufo de corrección política— bueno es que encuentre una firme resistencia a partir de la racional serenidad con que siempre debemos enjuiciar los acontecimientos históricos pero, además, a partir de una tabla de valores universales que no deben verse zarandeados por insidiosos relativismos.

El descubrimiento, la conquista y colonización de América a partir de la empresa de Colón y a lo largo del siglo XVI y las primeras décadas del XVII no constituyen hechos insólitos en la historia de la humanidad, más bien son la norma: invasores que someten a otros pueblos por la fuerza, se mezclan con ellos y dan lugar a nuevas naciones. Así hizo Roma cuando se extendió por todo el Mediterráneo, así ocurrió también en las Galias con las invasiones germánicas de donde habría de nacer Francia, o la Inglaterra medieval sajona transformada por la conquista normanda.

Es falsa, sin embargo, la imagen idílica de las sociedades indígenas de América que nos han querido vender con ánimo de disminuir el avance cualitativo que significó la llegada de los europeos, portadores, a un tiempo, del cristianismo y del espíritu del Renacimiento, de la suma de saberes que han hecho de Occidente, por adición y absorción, el ápice de la civilización humana. Acaso ese estado de inocencia primigenia podría encontrarse en algunos de los pobladores de las Antillas, pero distaba de existir en los grandes imperios continentales (aztecas e incas) que los españoles destruyeron y en los que bárbaros despotismos de corte antiguo mantenían en virtual esclavitud a grandes poblaciones.

Pese a la intolerancia de la Iglesia Católica, y el aparato inquisitorial que importó al Nuevo Mundo, la fe cristiana —que acompañó a españoles y portugueses, pioneros en esa aventura— era infinitamente mejor que las religiones arcaicas que se practicaban en América, donde los sacrificios humanos eran cosa corriente. De ahí que se dé la contradicción de que la moral que denuncia los abusos de la conquista es la que viene con los conquistadores (las voces de Las Casas, Montesinos, Vitoria) y no la de los pueblos vencidos.

Por traumático que puede haber sido el choque cultural que se produjo en nuestro continente con la llegada de los europeos, el resultado —incontrovertible como todo hecho histórico— fue positivo, y nosotros, los nacidos en estas tierras, somos sus herederos. La llegada de Colón, en fecha como ésta, es, pues, un hecho fasto, un paso decisivo en el camino hacia el progreso —no obstante algunas secuelas negativas— del que todos podemos y debemos enorgullecernos.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

©Echerri 2017

  Comentarios