Vicente Echerri

Infierno para Che Guevara

Cientos de personas participan en el acto del 50 aniversario de la muerte de Ernesto "Che" Guevara, el domingo 08 de octubre, en la ciudad de Santa Clara.
Cientos de personas participan en el acto del 50 aniversario de la muerte de Ernesto "Che" Guevara, el domingo 08 de octubre, en la ciudad de Santa Clara. EFE

Hace medio siglo que mataron a Ernesto Guevara en Bolivia y los que, directa o indirectamente, hemos sido víctimas de sus atrocidades —los cubanos en general, pero mucha otra gente de otras partes— tenemos la obligación de seguir denunciando al homicida, al fanático y al dirigente inepto que aún se enmascara detrás de la leyenda del héroe y mártir revolucionario.

El acercamiento a Guevara aún conlleva, en muchos ámbitos, una falsificación, un fraude, a partir de una valoración que todavía exalta la violencia revolucionaria como instrumento del cambio social, aunque este expediente haya perdido mucha pertinencia en los últimos años en la medida en que se ha ido haciendo indistinguible del terrorismo. Este repudio universal al recurso de la violencia hace aún más escandaloso el culto a Che Guevara, cuya efigie deificada sigue adornando pancartas, camisetas y llaveros en medio mundo. A cincuenta años de su muerte —en justa retribución a sus innumerables desmanes— aún es tarea pendiente la desmitificación de su figura y la general execración de su nombre.

Admitamos que la inclusión definitiva de Guevara en el panteón de los canallas aún dista de lograrse. En este aniversario no han faltado homenajes, discursos e incluso una emisión de sellos de correos, nada menos que en la República de Irlanda, democracia sin tacha si alguna hay, “burguesa” la apodaría Guevara y para la cual —al igual que para cualquier otra sociedad así organizada— reservaría su más absoluto desprecio. Este tipo de homenajes resulta incomprensible por responder a un pensamiento irracional (valga el oxímoron) en que se elude o ignora a la persona real —al sectario brutal propagador de una superstición sanguinaria— para exaltar a un personaje ideal fabricado por panegiristas untuosos o académicos malvados. Los honrados burgueses honran al mito de su propia invención que, en su foto de muerto, encuentran semejante al Cristo yacente de Mantegna y de cuyo auténtico ideario prefieren no enterarse, porque los horrorizaría y los enfrentaría a su propia contradicción.

Guevara es, pues, un mito, inventado por la sociedad decadente que él soñó destruir. Posiblemente se hubiera horrorizado de ese culto con que sus naturales enemigos —los mercaderes— lucran con su figura, como se habría burlado de los ingenuos que enarbolan su icono a favor de causas que él nunca habría apoyado, como puede ser el movimiento pacifista (salvo cuando se trata de un ardid para desarmar a Occidente). El hombre que afirmó que el revolucionario debía convertirse “en una fría máquina de matar”, y que dijo —desde el podio de la Asamblea General de la ONU donde habló en nombre de la revolución cubana— “hemos fusilado, fusilamos y seguiremos fusilando” no puede ser el mismo cuya imagen veneran estos ingenuos estudiantes, amas de casa y hippies trasnochados y sacan a pasear en sus desfiles.

Es cierto que la valoración positiva de Ernesto Guevara ha sufrido un gran menoscabo. Cada vez que la prensa seria lo recuerda —como ha ocurrido en este aniversario— compensa los encomios con los juicios adversos que parten sobre todo —pero no exclusivamente— de nuestra comunidad exiliada. Ya eso es un logro, pero no suficiente para conformarnos o tranquilizarnos. Los que nos sentimos defensores de la libertad y la dignidad de los seres humanos, los mismos valores que Che Guevara dedicó gran parte de su existencia adulta a menospreciar y ultrajar, debemos proseguir esta labor desmitificadora hasta lograr que este individuo sólo sea reconocido como un criminal y un sociópata delirante. Esa memoria infame sería la justa retribución a su vida perversa, su verdadero infierno.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

©Echerri 2017

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