Vicente Echerri

Lutero, reformador y promotor de la modernidad

WITTENBERG (Alemania) — Este martes, 31 de octubre, se cumplieron 500 años de que Martín Lutero clavara en la puerta de la iglesia de Todos los Santos de esta ciudad sus 95 tesis contra las indulgencias. Tal es la tradición que algunos historiadores disputan (la de que fueran clavadas en la puerta de la iglesia, no la realidad de las tesis mismas), pero que ayer se celebró aquí por todo lo alto, con la concurrencia de dignatarios religiosos y políticos, entre ellos los presidentes de Alemania y de Hungría y de la canciller alemana Angela Merkel.

A medio milenio de los hechos, nadie discute hoy la importancia de Lutero en la historia del cristianismo ni su papel como forjador de la identidad cultural del pueblo alemán. De lo primero dan fe hasta los herederos de su más enconado adversario: la Iglesia de Roma, que hace tiempo lo reconoce no como el heresiarca excomulgado que fue durante siglos, sino como un genuino reformador, alguien que se atrevió a denunciar las desviaciones y vicios que aquejaban gravemente al Cuerpo de Cristo y que dedicó su talento y su pluma a procurarles corrección. Así lo han expresado ya varios pontífices y en particular el papa Francisco en ocasión de su visita a Suecia en octubre de 2016 al inicio de este año jubilar luterano.

Tampoco es cierto que Lutero se propusiera fundar una nueva Iglesia, aunque terminó haciéndolo forzado por el rechazo de la que siempre se había sentido hijo y feligrés. Al no poder reformarla en su totalidad, la reformó en parte, y esa parte se convirtió en el movimiento protestante que sustraería un apreciable segmento de Europa a la obediencia de la sede romana.

Al mismo tiempo, su labor de teólogo, de traductor de la Biblia al alemán y de compositor le dieron un carácter definitivo a una lengua que aún no había entrado por las puertas de la cultura y que muchos tenían entonces por un dialecto bárbaro. Lutero sería para el alemán el equivalente a lo que serían para el español la suma de algunos escritores del siglo de oro y Cervantes en particular: el que habría de fijar las pautas de un idioma y con ellas mucho del carácter y la identidad de una pueblo que aún tardaría siglos en alcanzar su unidad nacional. Los alemanes no dudan en anotarle esa contribución.

Hay otros dos aportes de Lutero a la cultura de Occidente que suelen pasarse por alto a la hora de juzgar su figura y cuya importancia no es de subestimar por ser capitales a la manera que tenemos de entender el mundo moderno: la libertad de conciencia y la primacía del Estado secular en la sociedad organizada.

Al rechazar el opresivo magisterio de la Iglesia y proponer el libre examen de la Revelación bíblica, Lutero hace de la conciencia personal el árbitro de la conducta humana, y este paso, cuyo alcance tal vez él mismo no llegó a imaginar, da lugar al individuo tal como lo conocemos actualmente: un ser responsable en su sentido más literal, es decir, capaz de dar respuesta, ante Dios y ante sus semejantes.

Por otra parte, Lutero libera a la sociedad establecida de la tutela de la Iglesia al postular que son las autoridades seculares las que deben ser obedecidas como garantes del orden y protectoras de la ciudadanía, a las cuales les es lícito apelar incluso a la violencia en un mundo en el que no se ha establecido el reino de Cristo y aún impera el Maligno. Esto lo convierte en uno de los primeros fundadores del Estado moderno.

No le faltaron sombras a Martín Lutero, pero su pasión por la libertad de conciencia como respuesta a su afanosa búsqueda de la verdad le dan un sitial cimero en el pensamiento europeo en un momento crucial de transición en el mundo de las ideas, lo cual hace de él, con mayor alcance que el resto de sus contemporáneos —podría afirmarse— el último hombre de la Edad Media y el primero del Renacimiento.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

©Echerri 2017

  Comentarios