Vicente Echerri

El legado de Lincoln

A la misma hora en que escribo esta nota, en la noche del 14 al 15 de abril, hace 150 años, el presidente Abraham Lincoln agonizaba en una casa de Washington donde lo trasladaron poco después de que el actor John Wilkes Booth le hiciera un disparo a quemarropa por la espalda. La bala le había entrado por detrás de la oreja izquierda y le había desgarrado todo el lado izquierdo del cerebro. Los médicos que lo examinaron fueron unánimes en que se trataba de una herida mortal. El Presidente nunca recobró la conciencia y falleció a las 7:20 de la mañana acostado diagonalmente en una cama donde no cabían sus 6 pies 4 pulgadas de estatura.

Lincoln era una de las últimas bajas de la guerra de Secesión, que le había costado al país más de 600,000 muertos e incontable número de mutilados. Menos de una semana antes del magnicidio, el 9 de abril, el general Robert E. Lee, jefe de las tropas confederadas, firmaba el acta de rendición ante el general Ulises S. Grant en Appomattox, pero el trágico epílogo sería el asesinato del Presidente.

Para los estados del Norte, Lincoln era un mártir que entraba, por derecho propio, en el panteón de los grandes americanos; para los derrotados sureños su muerte era el merecido final de quien los había sujetado por la fuerza y, en el proceso, les había destruido su mundo. El asesino, apenas consumado el crimen, se había justificado con la frase latina “sic semper tyrannis” (así siempre a los tiranos) luego de herir con una daga al comandante Henry Rathbone, que acompañaba al Presidente y quien se había apresurado a enfrentar al agresor. Booth, al lanzarse al escenario con su daga ensangrentada en la mano, debió de haberse visto como la encarnación de Bruto.

En una nación dividida y destrozada por la guerra, Lincoln no era para todos los norteamericanos la figura venerable que circula en los centavos y en los billetes de cinco dólares y cuyo nombre llevan ciudades, escuelas, carreteras y accidentes naturales a lo largo y ancho de este país. Entonces era también un personaje polémico a quien muchos odiaban y al que culpaban de una contienda arrasadora. Los estados del sur —argüían los defensores de la confederación— tenían el derecho constitucional a separarse e incluso uno de ellos, Texas, había sido durante varios años una república independiente. La voluntad de Lincoln de conservar la unión de Estados Unidos a toda costa era vista por muchos entonces —y todavía hay quien la juzgue así— como un acto intransigente de soberbia.

Lo que viene a inclinar la balanza a favor de Lincoln fue la Ley de la Emancipación, que sirvió para ilegalizar la esclavitud en todo el país, convirtiendo de hecho a los confederados en unos desalmados esclavistas. Tal vez el Presidente ni siquiera llegaba a ser un integracionista convencido, pero su denuncia de la esclavitud del negro como un cáncer que era necesario erradicar le confirió a su posición —y a la contienda que llevó a cabo para sostenerla— una incontrastable fuerza moral. Que la esclavitud se convirtiera en una institución intolerable, cuyo fin natural, en cuestión de quince o veinte años, no era lícito ni posible esperar, esa urgencia inaplazable de corregir una calamidad y un crimen que había durado siglos, le otorga a Lincoln una indiscutible alteza y hace de ese terrible conflicto que ensombreció su presidencia una auténtica cruzada por la dignidad humana y de él mismo un visionario de la democracia moderna.

De ahí por qué la guerra de Secesión se haya visto como un hito de la Historia y en particular de nuestra civilización occidental y que sus consecuencias, incluida la muerte violenta de Lincoln, hayan tenido una importancia y una repercusión que todavía no podemos medir con entera justeza; por ejemplo, al saberse la noticia en La Habana, los alumnos de una escuela primaria superior de varones —inspirados sin duda por las lecciones y el ejemplo de su mentor— llevaron durante una semana en el brazo un crespón de luto. Entre ellos un niño de 12 años que respondía al nombre de José Martí.

©Echerri 2015

  Comentarios