Vicente Echerri

VICENTE ECHERRI: Un amigo del libro

Cuento entre mis amigos a varios que se dedican, o se han dedicado, al comercio de libros, ya sea como libreros, impresores o editores; y algunos de ellos son, o han sido, las tres cosas. Sin embargo, cuando en el Día Internacional del Libro quiero ponerle un rostro a este noble oficio que tiende el último puente entre autor y lector, sobresale entre todos mi amigo Pedro Yanes, que ha ido envejeciendo lúcidamente en Miami, donde se fue a vivir pocos años después de cerrar Las Américas, la librería hispana más emblemática de Nueva York y casi seguramente del país.

Conocí a Pedro recién llegado yo a Nueva York en 1980. Para entonces, Las Américas hacía tiempo que era una verdadera institución, y no porque acudiera a ella multitud de profesores y alumnos a comprar los libros para los cursos de literatura española, que vivía un momento de auge en las universidades de Estados Unidos; ni tan sólo porque hubiera sido durante cuatro décadas también una casa editorial que, con el sello de Las Americas Publishing Company, hubiera editado medio millar de títulos, algunos de ellos de primerísimos autores de la lengua; sino también, y sobre todo, por ser el punto de reunión de todos los escritores de habla hispana que pasaban por la ciudad, muchos de los cuales eran exiliados políticos.

Pedro, que había adquirido la propiedad de la librería poco tiempo antes, pero que llevaba muchos años trabajando allí, era también un exiliado: periodista cubano que había optado por salir de su patria cuando el castrismo mostró su verdadero carácter e hizo de la prensa independiente una de sus primeras víctimas. Aunque había sido toda su vida amigo de los libros, no creo que cuando ejercía de periodista en La Habana o, antes, en sus años de estudiante, cuando se identificaba con los que veían en la acción revolucionaria el camino de los cambios sociales y políticos, pensara alguna vez que tendría algún destino personal en la compra y venta de libros; tal vez le hubiera parecido entonces un quehacer demasiado sedentario para su ánimo inquieto.

Pero el triunfo de la revolución en 1959 traería, entre otras secuelas, la de hacer trizas los sueños de muchos revolucionarios de buena fe. En verdad, la República de Cuba, con sus virtudes y sus vicios, había naufragado y los que escapaban del naufragio empezarían a llegar a estas playas en sucesivas arribazones. Pedro vino entre los primeros, por la época en que parecía que el periodismo cubano se mudaba masivamente de país y, durante algún tiempo, colaboró con los órganos de prensa que, precariamente, se recomponían fuera de su ámbito natural. Desafortunadamente, ninguno de esos ensayos tuvo larga vida y un buen número de periodistas cubanos habría de reinventarse la profesión. Pedro entre ellos.

Las Américas ya tenía un nombre conocido y Gaetano Massa —un italiano enamorado de la cultura hispánica que fue su fundador y primer dueño— era una leyenda entre los que escribían y leían en español en Nueva York. Pedro debió de ser visita frecuente de la librería por el tiempo en que Massa le ofreció trabajo allí, sin imaginar que era el inicio de una nueva etapa de su vida ni que aquel negocio, al que no tardó en apegarse con pasión, sería alguna vez suyo.

El diario trasiego con libros en un sitio tan peculiar como Las Américas —con libros que se vendían y algunos que también se editaban allí— venía a agregar otro espacio y mayor conocimiento a su experiencia de lector. El libro no era sólo un vehículo de conocimiento, ni mero objeto comercial, como podría suponerse que signifique para alguien que lo compra y lo vende, sino un suerte de icono espiritual transmisor de ideas, de sentimientos, de lucubraciones; un espejo para reflejar, a veces oblicuamente, la realidad; un entrañable talismán con el que una persona que vive en el exilio toca el suelo, impalpable pero no por ello menos real, que le brinda su idioma.

En mis largas conversaciones con Pedro Yanes, fruto de una amistad que se ha ido acendrando con el tiempo, siempre afloran dos temas: Cuba y los libros. La historia del país que ambos amamos y la peripecia política y cultural de esas dos décadas en que transcurren su adolescencia y juventud (los años cuarenta y cincuenta) perviven minuciosamente en su memoria y, por algún sendero imprevisto, ese recuerdo siempre da paso a la expresión escrita: libros que muchas veces llegan tiempo después a mi puerta como hermosa concreción de nuestro diálogo.

©Echerri 2015

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