Vicente Echerri

No hay interés divino en este asunto

“El Tribunal Supremo puede hacer lo que quiera, pero el Dios Supremo ya ha hablado”, así se pronunciaba este martes el Rdo. Larry Hickam, pastor bautista de Amarillo, Texas, que encontró pertinente movilizarse hasta Washington, D.C. para estar entre los manifestantes que defendían la sacralidad del matrimonio tradicional el mismo día en que la máxima instancia legal del país oía los argumentos de un caso histórico que podría llevar a la legalización de las uniones de parejas del mismo sexo en toda la nación.

En tanto dentro de la sala del alto tribunal el debate se centraba en criterios legales —si la 14ª. Enmienda de la Constitución exige que cada estado le otorgue licencia matrimonial a dos personas del mismo sexo y si la misma enmienda exige a cada estado reconocer un matrimonio entre individuos del mismo sexo que se haya realizado legalmente en otro estado donde estas uniones sean ya legales—, afuera, los gritos y consignas de los manifestantes, a favor y en contra de expandir los derechos matrimoniales, tenían fundamentalmente un carácter religioso: los tradicionalistas, como el pastor Hickam, esgrimían las expresas condenas de la Biblia contra la homosexualidad; en tanto, algunos activistas de la comunidad homosexual, que también se declaran religiosos, argüían que la doctrina de amor en que se funda el cristianismo se sobrepone a los dictados legales de la Escritura. En ambos bandos había predicadores. Desde luego, en el judaísmo y el islam —religiones que salen del mismo tronco abrahámico— este punto de la sexualidad humana se enfrenta con los mismos prejuicios y sanciones.

No hay duda de que las Escrituras judías —de donde cristianos y musulmanes heredan su código moral— condenan explícitamente la homosexualidad y, creo yo, por razones de supervivencia de la nación en cuyo seno se producen estos textos religiosos: la precariedad política de las tribus hebreas asentadas en el oasis del Jordán tenía una constante necesidad de población guerrera, de suerte que cualquier conducta sexual que no favoreciera la procreación (la homosexualidad, el onanismo, entendido este último como una forma de contracepción, e incluso la esterilidad) tenía que ser vista como un atentado contra la existencia del grupo social. Sobre este temor atávico a perecer se levantan los tabúes religiosos.

Los legisladores y profetas —que siempre afirman que son intérpretes de la voluntad divina— difunden e imponen sus códigos de prohibiciones (los Diez Mandamientos son una lista de cosas a no hacer, algunas de las cuales ya estaban contenidas en el Código de Hammurabi varios siglos antes de Moisés), el fundamento estructural de la religión, la cual, en el antiguo Israel, era inseparable del derecho civil. Una religión congruente con la realidad geopolítica de quienes la practicaban y con el conocimiento rudimentario que tenían del mundo: para los escritores bíblicos el sol, la luna y las estrellas eran luces en una especie de combado cielorraso con el único fin de alumbrar a los seres humanos, puestas ahí por una Deidad celosa e iracunda, minuciosamente preocupada por nuestros pedestres menesteres y con un insaciable apetito por ofrendas quemadas de animales. La concepción actual del universo y de su vastedad ridiculizan esa cosmovisión y ponen en cuestión muchos preceptos que de ella se derivan. Resulta inconcebible que un Dios universal —tal como podemos concebirlo hoy día— quiera ocuparse al mismo tiempo de nuestra sexualidad. Atribuirle esas iniciativas es reducir, sacrílegamente, su grandeza.

La Biblia (compendio de las Escrituras sagradas judeocristianas) ha sido un libro capital en la historia de Occidente y del mundo (como, en menor medida y en una zona de difusión más reducida, también lo ha sido el Corán, que de ella se deriva), al extremo que no se podría entender nuestra cultura prescindiendo de su lectura; pero sostener —como hacen algunos fundamentalistas— que las normas de una sociedad tribal de hace tres milenios sean las que deban regir la conducta humana, incluida su sexualidad, en este siglo XXI es un enorme despropósito.

La humanidad no corre peligro de extinción por agotamiento; por el contrario, el gran riesgo es ahora la explosión demográfica: la multiplicación ilimitada de estos depredadores omnívoros que estamos acabando con los recursos del planeta. En este contexto, la homosexualidad debe verse como un beneficioso recurso natural para el control de la natalidad. El que algunos homosexuales quieran legitimar sus relaciones conyugales mediante el matrimonio carece de importancia. No es algo, en mi opinión, que debe preocupar a los demás, como casi seguramente no le preocupa a Dios.

©Echerri 2015

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