Vicente Echerri

La indispensable veda de las armas

Estudiantes protestan el lunes contra la violencia con armas de fuego en una manifestación frente a la Casa Blanca.
Estudiantes protestan el lunes contra la violencia con armas de fuego en una manifestación frente a la Casa Blanca. TNS

De nuevo otra matanza de jóvenes en un colegio (como podría haber sido en una discoteca o en un centro comercial) y vemos otra vez los rostros de las víctimas inocentes, y oímos los testimonios de familiares y amigos desolados, y escuchamos a los políticos repetir sus mensajes de “pensamientos y oraciones” y vuelven a divulgarse las protestas —cada vez más iracundas, es verdad— sobre la necesidad de regular las armas de fuego. Es una especie de liturgia que tiene lugar cada vez con mayor frecuencia, sin que nuestros políticos hagan nada serio para que concluya este ciclo de horror, aunque eso conlleve la abrogación de la segunda enmienda de la Constitución, que no es palabra revelada de ninguna deidad para que tenga que considerarse intocable.

Sagrada es y debe ser la vida de los que vivimos en este país, y particularmente de los jóvenes en quienes se cifra el futuro de todos, para permitir la posibilidad (no digamos el hecho consumado) de que un loco o un criminal mate arbitrariamente con un fusil de asalto. Todo porque —aducen— alguna vez en el siglo XVIII los pioneros que agresivamente extendían las fronteras de los recién fundados Estados Unidos tenían que defenderse de indios y bandoleros.

Una sociedad civilizada dispone de institutos armados que los ciudadanos pagan de sus impuestos para el mantenimiento del orden público, para la contención y persecución de los delitos, para la protección del territorio. Eso es una empresa colectiva que sufragamos todos y que, en consecuencia, hace innecesaria y —como estamos viendo, criminal— la venta, compra, tenencia y uso de armas de fuego, sobre todo de fusiles automáticos o semiautomáticos que están hechos para causar el mayor número de bajas posibles en una acción de guerra.

Que no vengan a decirme los defensores de esta monstruosa tradición (cómplices activos o pasivos de estas matanzas) que las armas no matan, que matan las personas. Este argumento no es más que una sandez. Si los autores de estas atrocidades no dispusieran de estos fusiles ametralladoras, sus estragos serían infinitamente menores. Si Nikolas Cruz —el que asesinó a 17 personas el Miércoles de Ceniza— no hubiera tenido a su alcance más que una escopeta de perdigones, los resultados hubieran sido mucho menos trágicos, aunque su voluntad de matar hubiese sido la misma.

Soy de la opinión que no sólo debe prohibirse terminantemente la venta de todas las armas ofensivas, como son los fusiles de asalto; sino requisarse masivamente todas las que se hayan vendido y hacer de su tenencia un delito punible con prisión. Nadie necesita de esos fusiles, basta que los tengan el Ejército y la Policía, en quienes la sociedad ha delegado la tarea de velar por la vida, la propiedad y la integridad territorial. Lo demás responde a una ideología francamente anarquista, aunque sus portavoces insistan en llamarse conservadores. Los conservadores amamos y queremos preservar las instituciones, la primera de las cuales es el Estado.

Pero en el fondo de este debate, de esta tragedia, hay algo más elemental y mezquino que una posición ideológica: la codicia de los fabricantes de armas y de sus agentes de la National Rifle Asociation (NRA) que extraen ganancias multimillonarias de este mercado, ganancias que también les sirven para financiar las campañas de los políticos que sostienen el status quo. Pero la gente empieza a darse cuenta de donde está el origen del mal. Hace unos días, a raíz de esta reciente tragedia, le oí decir a un hombre que cenaba cerca de mí en un restaurante: “si un hijo mío estuviera entre los muertos, yo iría con un fusil a la oficina más cercana de la NRA para darles de su propia medicina”. No creo que este individuo sea el único a quien se le haya ocurrido algo así. Tal vez tengamos que ser testigos de un verdadero espiral de la violencia antes que los políticos se decidan —más allá de las sobadas frases de pésame— a intervenir.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

© Echerri 2018

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