Vicente Echerri

Inoportuno llamado a la paz

Los talibanes tienen una presencia insurgente activa en el 70 por ciento del territorio de Afganistán.
Los talibanes tienen una presencia insurgente activa en el 70 por ciento del territorio de Afganistán. AP

En una conferencia de paz, celebrada en Kabul, el presidente de Afganistán ha vuelto a llamar a los talibanes a deponer las armas y convertirse en un partido político reconocido. No es la primera vez que el gobierno afgano hace una propuesta semejante con el respaldo de Estados Unidos, que libra una guerra de baja intensidad en ese país de Asia central desde hace más de 16 años. Mirado con optimismo, se trata del mismo acomodo alcanzado por los colombianos tras un conflicto tres veces más largo. Los amantes de la concordia o los que aspiran a que Estados Unidos deje de tener una presencia militar en la región, celebran la iniciativa y esperan que encuentre favorable acogida en el bando de los subversivos que, pese a haber sufrido cuantiosas bajas, muestran un cierto índice de pujanza y están activos en un setenta por ciento del territorio afgano.

En el pasado, el grupo rebelde ha rechazado propuestas semejantes, aduciendo que cualquier conversación debe ser entre ellos y Estados Unidos —al que identifican como su adversario real, del cual el gobierno de Afganistán no es más que un títere— y que cualquier acuerdo exige, como condición previa, el retiro de las tropas extranjeras. Washington, por su parte, cree que los afganos tienen que entenderse entre sí, en tanto sus tropas permanecen e incluso acrecientan su ofensiva, sobre todo desde el aire. La convicción de que los talibanes nunca podrán obtener una victoria militar puede inducirles, en opinión de algunos expertos, a sentarse a conversar.

Un arreglo pacífico —por civilizado que parezca y por mucho que pueda entusiasmar a los que aspiran a que la convivencia civilizada se sobreponga a las atrocidades de esta guerra— podría verse como un fracaso de la política por la que han apostado durante todos estos años Estados Unidos y sus aliados de la OTAN, y lo que es peor, interpretarse como un repliegue de las potencias occidentales del escenario del Asia Central, que terminaría por quedar a merced de Irán, Pakistán y China, ya que no existe nada semejante al vacío de poder.

Este columnista no cree que el acuerdo de paz entre el gobierno afgano y los rebeldes talibanes deba prosperar, aunque fuese viable, que de momento no lo parece mucho. El movimiento guerrillero se muestra demasiado fuerte para merecer esta salida y —en el mejor de los casos— convertirse en una fuerza política con una representación lo suficientemente importante para subvertir la democracia. En Colombia —país que resolvió, tras varios años de conversaciones, su guerra con las FARC e incorporó al grupo rebelde a la política nacional luego de conseguir su desmovilización—, la guerrilla estaba desmoralizada tras una cadena de reveses y reducida a algunos bolsones territoriales. Su incorporación a la vida civil como una formación política no podía traducirse, bajo ningún concepto, como un triunfo. La situación de los talibanes es diferente: a gran costo han logrado ganar fuerza y presencia en el país y se presentan, ante muchos de sus compatriotas, como un ejército de liberación frente al invasor extranjero. No es el momento, creo yo, de que adquieran legitimidad política mediante consenso.

El débil incremento de tropas estadounidenses que decidió el presidente Trump el año pasado basta para contener a los talibanes e impedirles indefinidamente un triunfo por vía de las armas, pero no lo suficiente para conseguir su derrota, que debe ser el objetivo realista de esta larga campaña. Como ha dicho tantas veces el Presidente, las guerras se libran para ganarlas. Estados Unidos y los propios afganos no deben conformarse con menos.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

©Echerri 2018

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