Vicente Echerri

VICENTE ECHERRI: En la encrucijada iraquí

Luego de que el gobierno de Irak solicitara formalmente la ayuda de la Fuerza Aérea de Estados Unidos para contener el avance de los insurgentes del llamado Estado Islámico de Irak y Siria (ISIS, en inglés) que, en los últimos días, han tomado varias ciudades de ese país, Washington se ve obligado a elegir entre dos males: respaldar a un gobierno sectario, que ha dilapidado su capital político mediante la exclusión y el favoritismo y que es aliado de los principales adversarios de EEUU en la región; o permanecer impasible frente al avance de este grupo de fanáticos, enemigos de la civilización occidental, que aspira a establecer un sultanato fundamentalista en el Oriente Medio y que podría desestabilizar aún más toda la región.

De ambas opciones, con indiscutible precio político para el presidente Obama, la de bombardear a los rebeldes iraquíes parece, sin duda, el mal menor, no sólo porque esa colaboración resultaría decisiva en la derrota —o al menos en la significativa atenuación— de la insurgencia, sino porque serviría para robustecer la fe en Estados Unidos como aliado fiable en un momento donde más de una nación se cuestiona los méritos de la alianza americana. Se esperaba que el presidente discutiera la crisis de Irak con los líderes del Congreso este miércoles, el mismo día en que los militantes del ISIS estaban por tomar la mayor refinería de petróleo iraquí, no lejos de Bagdad.

Es lógico que algunos políticos, sobre todo de izquierda, haciéndose eco del sentir popular, se opongan a que Estados Unidos se involucre en los azares de una guerra civil y religiosa que se libra en un territorio donde impera la barbarie. Al mismo tiempo, los americanos no pueden permanecer indiferentes a lo que ocurre en un país en el que han empeñado tantos recursos y prestigio y que sigue siendo vital para la estabilidad regional y para el mercado petrolero internacional, amén de que las fuerzas subversivas en Irak representan la mayor amenaza y la mayor enemistad a los valores que Estados Unidos encarna y defiende. Como dijera esta semana el general Martin Dempsey, jefe del Estado Mayor Conjunto, ante un panel del Senado, “responde al interés nacional… contrarrestar [a los insurgente del ISIS] dondequiera que los encontremos’’.

Los que se opusieron a la guerra de Irak desde el principio —que hasta llegaron a considerar a Saddam Hussein una pobre víctima de nuestra arrogancia imperial, con absoluto desprecio por sus víctimas— le achacan toda la culpa de la situación iraquí a la intervención americana liderada por George W. Bush. Los que están en la acera opuesta, con insensibilidad e ignorancia similares, le atribuyen a Obama —por su prisa por sacarnos de Irak— el haber echado por la borda la inversión, política y económica, de una década.

Ambos criterios, sin carecer de fundamentos, responden a miradas distorsionadas de la realidad y, sobre todo, a prejuicios ideológicos. La invasión de Irak para destruir el oprobioso régimen de Saddam Hussein, fue una acción noble y liberadora, y si un error puede anotársele fue la elemental tozudez del Sr. Bush de pensar que la consolidación de la paz iba a marchar con la misma eficacia, celeridad y número de personal que la victoria militar, cuando en verdad necesitaba mucho más tiempo, rigor y hombres. El error de Obama fue creer lo mismo que Bush y ver a Irak como un pantano de donde había que escapar lo antes posible, cuando esta sola actitud ya era un signo de debilidad y de derrota. El resultado neto fue una chapucería a cuatro manos que hoy no queda más remedio que reparar, de lo contrario el desastre sería mayúsculo y así también la responsabilidad.

Esta opinión no pretende negar la culpa del premier chiíta Nouri Maliki, que alguna vez encabezó un gobierno de coalición en que estuvieron representados las principales etnias y sectas de Irak y que, gracias a una política torpe y sectaria, se ha enajenado por igual la simpatía de kurdos y sunitas. Sin embargo, un triunfo de los asesinos extremistas del ISIS —que se han dedicado a llevar a cabo ejecuciones y mutilaciones en las zonas que han tomado— sería una desgracia aún mayor, de ahí por qué habría que respaldar al gobierno de Maliki aunque haya sido imperfecto y corrupto.

Es predecible que el presidente Obama optará por atender el pedido del gobierno iraquí y que nuestra Fuerza Aérea decidirá este conflicto sin poner soldados sobre el terreno, pero no sin costo: las críticas internas de los ignorantes aislacionistas de aquí y las no menos furibundas de la izquierda internacional, que prefiere el triunfo de la insurgencia —siempre que sea enemiga del orden que Estados Unidos representa— al victorioso arbitraje de nuestra gran nación.

©Echerri 2014

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