Vicente Echerri

VICENTE ECHERRI: Un grande y noble fin

El asesinato del archiduque Franz Ferdinand, heredero del trono austrohúngaro, y de su mujer Sophie, en Sarajevo, del cual se cumplió un siglo el pasado 28 de junio, sirvió de detonante a la primera guerra mundial, conflicto de pavorosas consecuencias que transformaría radicalmente el mapa de Europa y la política global. Los dos balazos con que Gavrilo Princip consumó el atentado tuvieron una repercusión que el joven extremista serbio nunca habría imaginado: antes de dos meses, decenas de miles de jóvenes habían muerto como prólogo a una contienda que costaría varios millones de vidas.

Las conmemoraciones del centenario han revivido las diferencias y hasta los odios: de una parte, los serbios han celebrado el crimen de Princip como un acto patriótico en pro de la libertad; en tanto austríacos y alemanes entre otros lo han observado como una fecha luctuosa que alteró el rumbo de una civilización. Cien años después de ocurrido, el magnicidio de Sarajevo sigue planteándonos un debate moral.

En principio está la pregunta: ¿es lícito recurrir a la violencia para liberarse de una tiranía? La mayoría de las personas —salvo los pacifistas a ultranza— no tendría problema en responder afirmativamente. Todas las guerras de liberación se basan en ese principio que obliga incluso a sostener, como corolario, que envilece, a pueblos e individuos, aceptar la opresión sin rebelarse.

Y si el derrocamiento de la tiranía es permisible, ¿no es lícito, entonces, terminar violentamente la vida de quien la encarna, sobre todo si esa muerte puede precipitar la disolución del régimen que se procura destruir? En este particular, el consenso no es tan amplio: la eliminación física de un individuo les parece a muchos más alevoso que la agresión contra una entidad o colectividad. Sin embargo, yo creo que se trata de una distinción superflua en los casos en que régimen y persona se hacen indistinguibles. ¿Quién podría disociar, por ejemplo, al castrismo de la figura de Fidel Castro? ¿Habría sobrevivido el castrismo si un tiranicida hubiera tenido éxito, sobre todo en los primeros años? Me inclino a creer que no y, en cualquier caso, la trayectoria de la revolución cubana habría sido diferente.

No tengo dudas, pues, de la legitimidad del ajusticiamiento irregular del tirano y hasta de su necesidad moral, de la vergüenza colectiva de un pueblo oprimido de permitir que el tirano muera en su cama. Las dudas empiezan a la hora de definir qué es una tiranía y quién en verdad merece el calificativo de tirano, condición indispensable para justificar moralmente su ejecución sumaria. Aquí entramos en un terreno más resbaladizo: el serbio Princip creyó, el 28 de junio de 1914, que el archiduque austríaco representaba al régimen que oprimía a su pueblo y que su muerte violenta era una justa retribución amén de un paso para acercar la libertad. El asesino de Abraham Lincoln —que responsabilizaba al Presidente de la humillación del Sur— no dudó de que estaba ajusticiando a un tirano. Los estudiantes universitarios que asaltaron el Palacio Presidencial de La Habana el 13 de marzo de 1957 creían también que el asesinato de Fulgencio Batista, de haberse conseguido, habría constituido un tiranicidio.

Creo que ninguno de los ejemplos anteriores tiene méritos para esa denominación: el archiduque, por autócrata que fuera, no estaba en condiciones de ejercer un poder unipersonal y su existencia al frente del Estado —cuando sucediera al emperador Francisco José— no tendría por qué vincularse al status quo de Serbia (se sabe que incluso era un liberal que, de ascender al trono, habría tenido una política más conciliadora hacia las nacionalidades que integraban el imperio); Lincoln era el mandatario electo de un Estado democrático cuya muerte no habría de alterar sus instituciones; y Batista estaba a sólo dos años de abandonar el poder al frente de un gobierno que, no obstante la corrupción y los desmanes de que se le acusa, nunca dejó de ser una democracia, aunque defectuosa.

Precisa, pues, antes de respaldar moralmente la remoción física de un líder político, determinar si el régimen que representa impone una sujeción tiránica y si esa tiranía es inseparable de su persona, de suerte que su eliminación coadyuve a las libertades que se apetecen y defienden; de lo contrario la presunta ejecución se reduce a un crimen vulgar, en el mejor de los casos a un acto de venganza, desprovisto de la alteza que siempre le otorga a las acciones un grande y noble fin.

©Echerri 2014

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