Vicente Echerri

El naufragio que cambió una guerra

Se cumple un siglo hoy del hundimiento del Lusitania, una de los grandes naufragios de la historia y un hito de la primera guerra mundial; pero al parecer pocos se acuerdan. A diferencia del Titanic —que se fuera a pique tres años antes, al chocar con un témpano de hielo en su viaje de estreno, y que ha sido objeto de numerosos libros y de varias películas y documentales— la tragedia del trasatlántico torpedeado por los alemanes cerca de las costas de Irlanda el 7 de mayo de 1915 —en la que perecieron cerca de 1200 personas, entre ellas 94 niños— ha caído bastante en el olvido.

En su momento, sin embargo, tuvo una extraordinaria repercusión, útil para demonizar al aparato de guerra alemán —capaz de agredir a un barco que transportaba civiles procedente del puerto de un país neutral— y sirvió para robustecer el patriotismo de ingleses y franceses e inclinar la opinión pública norteamericana a favor de intervenir en una contienda de la que el gobierno de Woodrow Wilson estaba empeñado en mantenerse al margen.

El ataque no fue del todo imprevisto. En respuesta a un área de exclusión impuesta por la Armada británica en el Mar del Norte, los alemanes habían extendido la zona de guerra a todas las aguas en torno al Reino Unido y habían advertido, en febrero de ese año, que iniciaban una guerra irrestricta contra barcos mercantes de bandera enemiga, aunque llevaran a bordo pasajeros de países neutrales.

Días antes de que el Lusitania zarpara de Nueva York el 1 de mayo, en lo que habría de ser su último viaje, la embajada de Alemania en Washington advertía a los pasajeros que no viajaran en el trasatlántico. A ese fin, la legación alemana publicó avisos en 50 periódicos de Estados Unidos, incluidos los principales de Nueva York, en los cuales decía:

“Se les recuerda a los viajeros que se proponen viajar por el Atlántico que existe un estado de guerra entre Alemania y sus aliados y Gran Bretaña y sus aliados; que la zona de guerra incluye las aguas adyacentes a las Islas Británicas; que, conforme a la advertencia formal dada por el Gobierno Imperial Alemán, los barcos que lleven bandera de la Gran Bretaña, o de cualquiera de sus aliados, son susceptible de ser destruidos en esas aguas y que los viajeros que naveguen en la zona de guerra en los barcos de Gran Bretaña o sus aliados lo hacen a su propio riesgo”.

A las 2:10 PM de un día espléndido, con la mar en calma, a sólo unos 18 kilómetros de la costa de Irlanda y a pocas horas de llegar a su destino, el Lusitania se cruzó en el camino de un submarino alemán, cuyo capitán ordenó dispararle un torpedo que alcanzó al barco justo debajo de la cámara del timonel. Los sobrevivientes recordaban que poco después se producía una segunda explosión, proveniente esta vez del interior del buque, el cual se inundó rápidamente y demoró sólo 18 minutos en hundirse. Aunque contaba con suficientes botes salvavidas, la mayoría no pudo utilizarse y las personas que se lanzaron al mar murieron casi todas de hipotermia. Entre los muertos había 128 estadounidenses.

Ante el escándalo mundial, los alemanes dijeron que el barco transportaba armas, municiones y explosivos para un gobierno enemigo, lo cual lo convertía en un objetivo militar legítimo. Y aunque los británicos desmintieron al principio la existencia de tales explosivos, con los años se ha llegado a creer que estos últimos fueron responsables del segundo estallido que aceleró el hundimiento de la nave.

Y algo más grave aún. Desde hace mucho se especula que Londres expuso deliberadamente al Lusitania para tentar a los alemanes a hundirlo y provocar con ello la repulsa del mundo y el posible ingreso de Estados Unidos en la guerra. Tal vez por eso Winston Churchill (entonces Primer Lord del Almirantazgo) dijera que los niños muertos en ese naufragio eran para la causa aliada el equivalente de cien mil soldados.

No sería la primera ni la última vez que un gobierno sacrifica los intereses y la vida de algunos a lo que estima son sus causas mayores. El elegante trasatlántico puede haber sido un cebo para que la Alemania imperial mostrara nuevamente —como antes había hecho en Bélgica y Luxemburgo— su irrespeto por la vida de civiles y neutrales. En ese sentido el desastre significó un hito en el curso de la contienda. “Remember Lusitania” sería una de las consignas que terminarían por llevar al renuente Wilson a entrar en la guerra dos años después.

©Echerri 2015

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