Vicente Echerri

El regreso de Churchill

El actor inglés Gary Oldman interpreta al primer ministro británico Winston Churchill en el filme ‘Darkest Hour’.
El actor inglés Gary Oldman interpreta al primer ministro británico Winston Churchill en el filme ‘Darkest Hour’. Focus Features

Los críticos y comentaristas de cine han sido prácticamente unánimes en reconocer el acierto y la justicia de la Academia [de Artes y Ciencias Cinematográficas] al otorgarle el Oscar como mejor actor al inglés Gary Oldman por su papel protagónico en Darkest Hour (La hora más sombría) en la que encarna —nunca dicho con mayor exactitud— a Winston Churchill a lo largo de mayo de 1940, al inicio de su mandato como primer ministro de Gran Bretaña.

Para los que no tenemos dudas de que Churchill fue el mayor estadista del siglo XX y uno de los más brillantes políticos de cualquier época, su reciente regreso a la pantalla —luego de varias lamentables caricaturas— es una auténtica celebración: del arte, que hace posible ese regreso, y del carácter mismo del personaje que vuelve para darnos una lección de historia y de política en un momento de decadencia y pesimismo en su país y de universal falta de fe en los valores de la democracia, cuando el pernicioso populismo asoma nuevamente su oreja peluda en casi todas partes.

El mayor escollo a salvar de esta actuación es el escaso parecido físico de Oldman con el célebre primer ministro, lo cual lo obligaba a someterse a cinco horas de maquillaje antes de cada filmación. Entonces, bajo esa máscara, volvía a la vida el político en el momento más difícil de su carrera, cuando el grueso del ejército británico estaba acorralado en Dunquerque y él tenía que presidir un gobierno minado por el derrotismo frente a la imparable maquinaria de guerra del nazismo alemán.

Que a un viejo cascarrabias, con hábitos bastante exóticos o reprobables (bebía alcohol desde el amanecer, fumaba puros sin parar y dormía largas siestas) se le encomendara la dirección de un gran país en su momento de mayor peligro podría parecer una temeridad, y muchos de la clase política inglesa lo creyeron así en su momento o vieron con escepticismo su gestión. Pero Churchill, a diferencia de la mayoría de sus colegas en el parlamento de Westminster, no era ni un burócrata ni un tecnócrata, sino un hombre de genio, capaz de ver los grandes escenarios y de juzgar los hechos del presente desde un sólido conocimiento de la Historia. Un individuo inspirado, poseído de una auténtica fe en el destino de Occidente y de la democracia frente a los despotismos entonces tan en boga, con los cuales cualquier avenimiento constituía, en su opinión, un crimen.

Cuando el Reino Unido parece atascado en el debate sobre el Brexit, y Europa abrumada por oleadas de inmigrantes indeseados y la pauta de la política mundial la dan tipos como Putin, Trump y Xi Jinping, esta película nos devuelve, con prodigioso verismo, al quehacer de un extraordinario político en un momento crítico (sus debilidades y sus grandezas, sus convicciones y sus dudas) como el complejo retrato del gran hombre de Estado que una democracia necesita y puede producir.

Gracias a la magia del cine y al talento de un gran actor, Winston Churchill vuelve a estar con nosotros para aleccionarnos y para inspirarnos, para convencernos de que se pueden emprender hechos heroicos desde la libertad y en medio del debate, para afirmarnos la fe en los valores que atesoramos, para convencernos, en fin, de que no debemos mostrar apatía en la defensa de las instituciones consagradas que garantizan la supervivencia de la democracia que, como él mismo la definiera, puede ser “el peor de todos los sistemas, con excepción de todos los demás”.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

©Echerri 2018

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