Vicente Echerri

Firmeza para frenar a un bravucón

La primera ministra británica Theresa May sale de su residencia de la calle Downing número 10 en Londres. Su gobierno expulsó a 23 diplomáticos rusos.
La primera ministra británica Theresa May sale de su residencia de la calle Downing número 10 en Londres. Su gobierno expulsó a 23 diplomáticos rusos. Bloomberg

El atentado de que fueron víctimas un ex espía ruso y su hija el pasado 4 de marzo en la ciudad inglesa de Salisbury ha dado lugar a una crisis diplomática y política de inmensa gravedad, sepultada, de algún modo, por el despido del secretario de Estado de EEUU y el fallecimiento del astrofísico Stephen Hawking. Sin embargo nada parece ser más serio ahora mismo que este incidente que ha llevado a Gran Bretaña a expulsar a 23 diplomáticos rusos y a imponer otra serie de sanciones al Kremlin.

A pesar de las protestas de inocencia y del sarcasmo con que han respondido las autoridades rusas, los servicios de inteligencia británicos no tienen dudas sobre el origen de este atentado: el uso de un gas nervioso de fabricación rusa, el novichock, cuya producción es en extremo controlada, lleva las huellas del crimen a la puerta de Putin, posiblemente a su decisión personal. Es difícil admitir que algún subalterno se haya atrevido a disponer de un tipo de sustancia que no se veía en Europa desde la segunda guerra mundial para cometer un delito que viola convenciones establecidas y la integridad territorial de otra nación y que, previsiblemente, empeoraría las ya tensas relaciones de Rusia con la OTAN.

Lo que desconcierta al presente a analistas y políticos por igual es el móvil, la necesidad que puede tener un Estado de saltarse las normas de la convivencia internacional, con todas las consecuencias negativas que eso puede traerle, para intentar la eliminación física de un individuo (admitamos que la hija es una víctima circunstancial) a quien el gobierno ruso no tuvo inconvenientes en liberar y dejar salir en un intercambio de espías hace unos años. Además, este intento de asesinato, cuya ejecución puede calificarse de chapucera, ha destapado una investigación sobre otras muertes misteriosas de rusos exiliados en el Reino Unido que incluyen la del ex vicepresidente de Aeroflot, Nikolai Glushkov, que falleció esta misma semana en su casa de Londres, al parecer víctima de una “compresión en el cuello”.

No es la primera vez que un gobierno asesina a sus disidentes en suelo extranjero. La más famosa de estas víctimas fue León Trosky, asesinado en México por un agente de Stalin en 1940, pero Trosky era un connotado adversario ideológico del dictador soviético y éste era un paranoico que temía que su antiguo camarada le enajenara al movimiento comunista internacional. Jadafy y Castro también asesinaron a enemigos exiliados (el primero con más diligencia que el segundo) y también lo ha hecho el régimen de Corea del Norte; pero en cualquier caso se trata de estados pequeños y fallidos que temen por su supervivencia. Rusia es una nación poderosa y respetable que, después del colapso de la URSS, se esforzó por comportarse a la altura de las naciones civilizadas, si bien la gestión de Putin la ha devuelto al autoritarismo.

Se impone creer que estos atentados a rusos en el exilio, que han tenido lugar en Gran Bretaña, son un deliberado mensaje de terror, a los enemigos del Kremlin y a las sociedades que los acogen y que forman parte de la campaña de amedrentamiento del gobierno de Putin —que incluye tanto la anexión de Crimea como la amenaza de reducir a cenizas a Estados Unidos— en el contexto de una peligrosa política de rearme. Las grandes democracias deben mostrarse muy firmes frente a estas bravuconadas de los rusos, tal como acaba de hacer el gobierno británico a fin de convencerlos de que sus métodos mafiosos y sus arsenales no van a doblegar a Occidente ni a cambiar la política del mundo.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

©Echerri 2018

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