Vicente Echerri

Marcha por Nuestras Vidas

Antiqua Flint, una estudiante de Minneapolis, se reúne este viernes con legisladores y otros estudiantes en el Capitolio de Washington, un día antes de la Marcha por Nuestras Vidas.
Antiqua Flint, una estudiante de Minneapolis, se reúne este viernes con legisladores y otros estudiantes en el Capitolio de Washington, un día antes de la Marcha por Nuestras Vidas. AP

Decenas de miles de manifestantes salen hoy a las calles, de Washington, D.C. y de muchas otras ciudades de Estados Unidos, para protestar contra la “cultura” de las armas de fuego y las laxas regulaciones para su adquisición, que permiten que personas desequilibradas o criminales tengan acceso a ellas con las trágicas consecuencias que conocemos. La reciente matanza en una escuela secundaria de Parkland, Florida, ha sido el detonante de esta protesta que convocan y encabezan los jóvenes.

Los que han aportado el mayor número de víctimas en estas masacres —que cada vez son más frecuentes para vergüenza de esta sociedad y escándalo de todo el mundo— han sido los promotores, organizadores y líderes de esta protesta que aspira a que el Estado imponga mayores restricciones y regulaciones para la adquisición de armas de fuego: aumentando la edad permisible a 21 años (que ahora mismo es de 18 años en muchos estados), haciendo más severos y exigentes los requisitos así como más minuciosa la investigación policial de los que quieren adquirirlas, y prohibiendo terminantemente la venta a civiles de fusiles de asalto que deben fabricarse para el uso exclusivo de las Fuerzas Armadas. Ningún particular debe tener derecho a poseer un arma ofensiva que está concebida y hecha para matar al mayor número de adversarios posible.

Los manifestantes de este sábado salen a reclamarle al gobierno, en particular a los miembros del Congreso federal, que actúe con la mayor energía y celeridad posible en defensa de “nuestras vidas”, es decir, de las vidas de todos los que, en escuelas, en iglesias, en teatros y centros comerciales, estamos diariamente expuestos al odio de sociópatas que disfrutan del derecho y la libertad de adquirir un instrumento para la muerte colectiva.

A diferencia de otras protestas anteriores, yo veo esta marcha de hoy como un genuino punto de inflexión que escinde la sociedad estadounidense, no ya entre izquierdas y derechas, liberales y conservadores, blancos y negros, ricos y pobres, intelectuales y obreros; sino entre los que desean —más allá de sus particulares ideologías, estatus económico o condición social— habitar en ciudades más seguras protegidos por las autoridades que elegimos y sus agentes, frente a los que optan por la garantía de la ley de la selva. El conflicto está pues planteado entre civilización y barbarie, y los que apuestan por la primera han salido a exigir que los bárbaros se desarmen, o al menos que el Estado ejerza sus poderes para reducir significativamente las posibilidades que tienen de matar.

Los organismos del gobierno constituido, sobre todo los miembros el Congreso, harían muy bien en atender el reclamo de los que han salido hoy a protestar y que son las voces de millones que, aunque se hayan quedado en sus casas, no por eso se sienten menos frustrados y coléricos; pues este conflicto que alcanza hoy un momento de acentuación no ha de agotarse en esta jornada, sino que va a ventilarse en las urnas, en el próximo noviembre y en varias elecciones sucesivas, y puede predecirse que todo el poder e influencia de la National Rifle Association no será suficiente para garantizarles el puesto a senadores y representantes que rehúsen enfrentarse a la cultura de la barbarie. Los estadounidenses tenemos pleno derecho a la vida civilizada que disfrutan los ciudadanos en otras grandes democracias (aun admitiendo que en parte alguna las acciones criminales puedan llegar a reducirse a cero). Los que hoy desfilan son los actores, conscientes o inconscientes, de una nueva manera de convivir, la génesis de un auténtico movimiento para cambiar las reglas del juego.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

© Echerri 2018

  Comentarios