Vicente Echerri

El poder de Pilato

Jesús ante Pilato, cuadro de Mihály Munkácsy.
Jesús ante Pilato, cuadro de Mihály Munkácsy. Wikimedia Commons

Nunca se pudo imaginar Poncio Pilato que esa mañana de primavera en que había enviado a crucificar a un profeta acusado de sedición por sus propios connacionales había abierto para él, el prefecto romano de Judea entre el año 26 y 36 de nuestra era, las puertas de la inmortalidad, o al menos de una bimilenaria trascendencia.

Si la escala de la fama mundial se mide por las veces que un nombre se menciona, sólo Jesús y su madre son más famosos que el funcionario que, cediendo a presiones del populacho y de la casta sacerdotal de Jerusalén, según cuentan los evangelios, hizo ejecutar a aquel bondadoso maestro en el más bárbaro de los suplicios. Todos los días, cientos de millones de cristianos de las denominaciones más tradicionales (catolicorromanos, ortodoxos, armenios, anglicanos, luteranos…) en todas partes del mundo y en todas las lenguas dicen, al repetir el Credo, “padeció bajo el poder de Poncio Pilato”. Ni el primero de los apóstoles, ni ninguno de los discípulos, ni ningún santo, ni emperador, ni rey, ni sabio ni benefactor de la humanidad puede competir con esta escala de la fama, aunque sea mala.

Sin embargo, muy poco se sabe de este señor tan mentado y que, brevemente, desempeñó un papel protagónico en lo que bien puede considerarse el proceso más importante de la historia. Más allá del Nuevo Testamento, Flavio Josefo confirma su historicidad y da cuenta de sus crueldades y desmanes durante su mando en Judea, como en la ocasión en que exhibió las insignias imperiales en la Torre Antonia de Jerusalén, quebrantando así un acuerdo de muchos años entre Roma y los judíos que excluía estas insignias de la Ciudad Santa, porque para sus habitantes eran símbolos de idolatría. Josefo también cuenta que, por una matanza de samaritanos, Pilato es relevado de su puesto y enviado de regreso a Roma (para entonces el emperador Tiberio ha muerto y Calígula acaba de subir al poder) y ahí se esfuma su rastro.

Lo demás es leyenda, que si era natural de la actual Tarragona, que si murió desterrado en la Galia, que si su mujer se llamaba Claudia Prócula, para no entrar, por ejemplo, en las llamadas “Actas de Pilato” que se incluyen en el Evangelio de Nicodemo, uno de los evangelios apócrifos, y en las que cuentan que hasta los estandartes del César se inclinaron al paso de Jesús.

Lo que sí parece obvio es que los autores de los evangelios canónicos, en particular los sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas), en su intención de culpabilizar a la clase sacerdotal y letrada a la que Jesús había denunciado durante su magisterio, tienden a disculpar, si no a exonerar del todo, al representante del despotismo colonial, que sólo parece pecar de cobardía frente a las intimidaciones de las autoridades religiosas judías y de la turba que estas manipulan. Esa opinión, que ha sido uno de los pilares del antisemitismo en Occidente —y hasta en el mundo islámico— durante dos milenios, ha servido, por contraste, para redimir a Poncio Pilato, quien ha llegado incluso a la santidad en la Iglesia Ortodoxa Etíope.

Partiendo de esos resultados, el gesto de Pilato de lavarse las manos para desentenderse de su responsabilidad histórica no fue vacío ni fútil como algunos postulan, sino que tuvo el genuino poder de un acto de lustración, de purificación ritual, que logró eximirle de culpa al tiempo de ponerla enteramente en las manos de los acusadores de Jesús y de sus descendientes, con todas las terribles consecuencias que conocemos.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos. ©Echerri 2018

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