Vicente Echerri

Un sueño por cumplir

Una multitud conmemora el 50 aniversario de la muerte del reverendo Martin Luther King en Memphis, Tennessee, el 4 de abril.
Una multitud conmemora el 50 aniversario de la muerte del reverendo Martin Luther King en Memphis, Tennessee, el 4 de abril. AP

Yo sueño que un día, en las rojas colinas de Georgia, los hijos de antiguos esclavos

y los hijos de antiguos esclavistas podrán sentarse juntos a la mesa de la hermandad.

M. L. K.

Escribo en el cincuentenario de la muerte de Martin Luther King Jr., y, en tanto su figura no ha hecho más que agrandarse en este medio siglo transcurrido desde que un asesino lo abatiera en el balcón de un hotel de Memphis —y su legado se haya consagrado en el discurso de la nación y sus palabras no falten en los labios de los políticos y estén presentes en los textos de los escolares—, su “sueño” —de que en Estados Unidos no sólo cesara la discriminación racial y se superaran los prejuicios ancestrales, sino que se convirtiera en una sociedad donde el factor racial no fuera tenido en cuenta— dista de haberse cumplido.

Aunque la presencia de los negros, y de las “minorías” en general es mucho mayor en el espacio público y la segregación racial es ilegal, en todo el país, desde hace décadas, la verdadera integración es todavía una aspiración remota y el racismo sigue teniendo una notable vigencia; pero no sólo por la existencia de blancos supremacistas o por los prejuicios que puedan tener jueces y policías respecto a las personas de color, sino también porque la exaltación de la negritud (o de las peculiaridades de los pueblos indígenas) como rasgos de diferenciación, lejos de propiciar la integración soñada por King sirven para acentuar las diferencias y, en consecuencia, los recelos y el odio.

Yo no tengo duda de que la vida de los negros es importante, como la de cualquier ser humano, pero el énfasis de la campaña Black Lives Matter, por ejemplo, contribuye significativamente a resaltar lo que distingue —y por ende separa— a los negros del resto de la sociedad. En busca de una identidad que sus líderes le han dicho e inculcado que necesita, y que desesperadamente se reinventa, la comunidad negra en Estados Unidos se afirma en notables desemejanzas que contribuyen a alienarla y a preservar la mentalidad del gueto, cuando lo deseable —como factor de aceleración y de progreso— sería que se atenuaran esas diferencias en pro de la fusión, de su ingreso en el melting pot, en el crisol, del que el racismo institucional durante tanto tiempo la excluyó.

Es obvio, por otra parte, que existe en Estados Unidos una desconfianza real entre las comunidades de color —negra y mestiza de origen hispano— y las fuerzas del orden, ni deja de llamar la atención que la proporción de miembros de estos grupos en las cárceles del país exceda notablemente a su representación porcentual en la población general; pero la alta comisión de delitos en esas comunidades es un hecho innegable que encuentra razón —aunque no justificación— en la pobreza y la escasez de oportunidades, las cuales se acrecientan, en un inescapable círculo vicioso, a partir de esas mismas diferencias que se inducen y se estimulan.

Un hombre como el Dr. King —de su porte y de sus modales y de su corrección ciudadana— no le llamaría la atención en la actualidad a ningún policía, ni sería objeto de ninguna deliberada categorización racial. Es una pena que, a cincuenta años de su muerte, la mayoría de sus hermanos de raza, sobre todo los más jóvenes, no haya adoptado a Martin Luther King como modelo.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

© Echerri 2018

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