Vicente Echerri

Sin motivo para celebrar

Un transporte blindado participa en el desfile de la victoria realizado el sábado pasado en la Plaza Roja de Moscú.
Un transporte blindado participa en el desfile de la victoria realizado el sábado pasado en la Plaza Roja de Moscú. AP

Acaban de cumplirse 70 años de la derrota de la Alemania nazi y en Europa ha habido diversas conmemoraciones. Cuando llegue otra cifra redonda del fin de esta pavorosa contienda, de aquí a diez años, casi seguramente que no han de quedar sobrevivientes de los que fueron testigos, como adultos, del humeante final del Tercer Reich en medio de un continente en ruinas.

Entre las conmemoraciones se ha destacado la de Rusia con un aparatoso desfile militar, acorde a la política paranoica e imperialista que Vladimir Putin se ha encargado de infundir en su país, donde, en este momento, se revive la atmósfera de la guerra fría. Lejos de integrarse a la comunidad de democracias europeas, con las cuales ha tenido estrechas relaciones en los últimos 20 años, Rusia se abroquela detrás de sus viejos prejuicios y saca a pasear el fantasma de la Unión Soviética con un disfraz zarista. De la celebración en la Plaza Roja —donde han mostrado misiles nucleares de tres ojivas y una nueva generación de tanques— casi todos los líderes occidentales estuvieron ausentes, en tanto se destacaba la presencia de jefes de Estado y representantes de tiranías tercermundistas: China, Corea del Norte, Cuba…

En Polonia, en cuyo suelo comenzó la segunda guerra mundial, la efeméride se ha recordado con mayor objetividad y decoro. Los polacos se acuerdan que, aquel ominoso 1 de septiembre de 1939, la Unión Soviética era aliada de Alemania, y nazis y comunistas, cabezas de la misma hidra, invadieron a su país al unísono y se lo repartieron como un pastel. Sólo cuando, dos años después, Hitler desencadenó la invasión a la Unión Soviética, Stalin se convirtió en un aliado de Occidente. Esta guerra entre Alemania y la URSS era un choque de déspotas, frente a los cuales los pueblos —empezando por los propios— sólo tenían reservado el papel de agresores o víctimas.

Los rusos, es verdad, pusieron un elevado número de muertos en el conflicto y, gracias sobre todo a la ayuda militar prestada por Estados Unidos, pudieron llegar hasta Berlín y someter a la servidumbre a media Europa. No fueron sus soldados campeones de la liberación, en el sentido en que lo fueron norteamericanos, ingleses y canadienses a quienes hoy recuerdan como auténticos rescatadores de la libertad en Europa occidental; sino bárbaros que le impusieron a polacos y alemanes del Este, a rumanos y búlgaros, a húngaros y checos un sistema de oprobio que habrían de padecer por más de cuatro décadas.

Así mirado, no hay nada que celebrar en el triunfo de las armas soviéticas, por mucho que uno pueda alegrarse de que el nazismo fuera derrotado. La URSS no fue más que una monstruosidad superviviente que habría de amenazar la seguridad, la felicidad y la vida misma de la humanidad por muchos años más y diseminar, en el ínterin, como el desove de un basilisco, su cartilla de fanatismo y represión.

Muerta y desmembrada la Unión Soviética, como corresponde a su perversa naturaleza de monstruo, es muy triste —además de infame— que las autoridades de la nueva Rusia, resurgida de sus ruinas, celebren de algún modo su siniestra existencia, confundiendo la identidad de la nación con la de su más torcida anomalía.

Es una lástima que los rusos, que cayeran en defensa de su tierra frente a los alemanes, hayan sido las víctimas de este encuentro entre las dos mayores aberraciones de la cultura de Occidente, engendros gemelos de la soberbia intelectual que propugnó la transformación de los seres humanos mediante caprichosos ensayos de ingeniería social. Lástima, sí; pero sin que haya nada que celebrar ni de que presumir.

El régimen soviético debería mencionarse en Rusia con la misma vergüenza y arrepentimiento con que hoy se recuerda en Alemania a su homólogo nazi, y hacer punible con prisión cualquier intento de justificarlo. El totalitarismo comunista es un crimen de lesa humanidad, sin redención ni reivindicación. Si Rusia aspira de veras a ser aceptada como una igual entre las grandes democracias tendría que empezar por la arrepentida execración de ese pasado.

©Echerri 2015

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