Vicente Echerri

Apuros de Trump, vergüenza de todos

El abogado Rudolph Giuliani dijo que el presidente Trump estaba al tanto del pago de $130,000 a la actriz porno Stormy Daniels.
El abogado Rudolph Giuliani dijo que el presidente Trump estaba al tanto del pago de $130,000 a la actriz porno Stormy Daniels. AP

La supuesta aventura del presidente Donald Trump con la actriz porno Stormy Daniels (que en verdad se llama Stephanie Clifford; eso de stormy debe ser un anticipo de lo que ella es capaz de hacer en el ejercicio de su profesión) se está convirtiendo en un sainete tan turbio, tan confuso (murky, messy, se diría en inglés) que avergüenza y consterna a todos, incluso a los que no votamos por él.

Ver al primer magistrado de este país haciendo malabarismos verbales para salir de este ridículo atolladero es un espectáculo tan penoso que parecería por momentos un capítulo de la novela Being There (de Jersy Kosinski, que se tradujo al español como Desde el jardín) en que un jardinero casi idiota llega a la presidencia de Estados Unidos. Que la misma persona encargada de enfrentar diariamente las graves decisiones que conllevan el gobierno de la primera potencia del mundo tenga que estar diciéndose y desdiciéndose sobre el pago de un chantaje a una cualquiera con quien casi seguramente tuvo “ayuntamiento carnal”, según el lenguaje forense de otra época, es de las cosas más patéticas que puedan presenciarse. Los ciudadanos de este país merecemos un poco de respeto.

El señor Donald Trump es un putañero, eso es sabido por todo el que tenga deseos de enterarse. Es un tipo promiscuo, como casi todos los hombres que pueden permitírselo (en eso se acerca más a los varones de cultura latina: en Cuba se decía “el que no tiene para más con su mujer se acuesta”), lo que aquí llaman finamente un “playboy”. Ya sabemos, por confesión propia, como le gusta jugar a este muchacho. El problema surge cuando tal persona se postula para la primera magistratura del Estado apoyado por el segmento de la población más puritano, donde tal vez se encuentre el índice más alto de fidelidad conyugal. Entonces, el playboy, en lugar de mostrarse tal como es y pedir ser electo sólo por sus presuntas cualidades políticas o por su agenda, maquilla torpemente su pasado para convertirse en un monógamo padre de familia, más cercano al perfil de los que han de votar por él en la inmensa ruralía norteamericana. Es, en medio de ese proceso de reinvención de imagen, que viene a incordiar esta mujer ambiciosa (y acaso ávida de notoriedad) que hay que acallar con dinero para que no haga ola. El resto de la historia se ha ido desmigajando ante nuestros ojos atónitos.

Cuanto mejor hubiera sido que Trump, desde un principio, hubiera dicho sin tapujos algo como esto: “Ciertamente, siempre me han gustado las rubias bellas y pechugonas, empezando por mi mujer, a quien siempre, de corazón, le he sido fiel” (el corazón, como bien sabemos, tiene poco que ver con la entrepierna). Los puritanos habrían hecho un mohín, pero la mayoría de la gente se habría reído y el asunto se habría acabado ahí; sin chantaje, sin desembolso, sin reembolso, sin apelar a testimonio de terceros, incluida la respetabilidad de Rudolph Giuliani que ahora mismo está en solfa.

Yo creo —esta es una columna de opinión— que es una vergüenza que Donald Trump no sólo haya llegado a la presidencia de este país, sino incluso que haya sido el candidato de un partido tan respetable como el Republicano, del cual soy miembro. Esto prueba a un tiempo la carencia de líderes, el descenso de la clase política y, desde luego, la frustración de muchos electores de ambos partidos. Que Trump triunfara donde John McCain y Mitt Romney fracasaron denuncia la incertidumbre y la cólera de los votantes, no tanto los méritos personales del elegido que, nunca mejor dicho, brillan por su ausencia. Sin embargo, es muy penoso ver al Presidente asediado por este escándalo que se deriva de su propia incompetencia. Sus debilidades de la carne no son, ni deben ser, asunto de nuestro interés.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

© Echerri 2018

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