Vicente Echerri

Israel, una pasión universal

El primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, pronuncia un discurso junto al embajador de EEUU en Israel, David Friedman, en la inauguración de la embajada estadounidense en Jerusalén, el 14 de mayo.
El primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, pronuncia un discurso junto al embajador de EEUU en Israel, David Friedman, en la inauguración de la embajada estadounidense en Jerusalén, el 14 de mayo. AP

El Estado de Israel acaba de cumplir 70 años y el júbilo que suscita su supervivencia marcha a la par de la consternación y el odio que, entre sus enemigos y detractores, provoca su misma existencia, próspera y precaria a la vez. En casi todo el mundo, Israel despierta pasiones, a favor y en contra: es un fenómeno que parece no darle lugar a la indiferencia.

Aunque los judíos no estuvieron ausentes del todo de ese territorio, que Herodoto llamó Palestina, a lo largo de su segunda diáspora, dos veces milenaria, el hogar que los sionistas idearon y finalmente materializaron en su patria histórica es un sueño europeo y, en consecuencia, una avanzada de Occidente en el Oriente Medio: la única democracia real en medio de un mundo de despotismos y el país más desarrollado en una región donde —con excepción de algunos enclaves marginales como los emiratos del Golfo— el desarrollo es una aspiración. Estas mismas razones despiertan admiración y envidia; solidaridad y rechazo. Para los que creemos habitar en el mejor de los sistemas políticos y económicos, el parecido de Israel con las democracias occidentales es motivo de simpatía y orgullo; para los enemigos del capitalismo y de la libertad, Israel, lejos de ser un paradigma, es una aberración.

En el mundo cristiano, donde a lo largo de los siglos el antisemitismo ha sido endémico, paradójicamente, todos somos judíos, y no sólo por los hondos y vastos mestizajes que tuvieron lugar en la cuenca del Mediterráneo, sino porque el judaísmo, que entra en el ámbito grecorromano por vía del cristianismo, es un ingrediente esencial e inseparable de nuestra herencia cultural. La fe de Cristo no es más que una secta del judaísmo y, gracias a ella, el judaísmo conquistó el mundo, llegando a formar parte de ese acervo que define a la cultura ecuménica de Occidente y que convierte, desde hace mucho, a los personajes de una nación tribal vecina de la antigua Fenicia en seres familiares y cercanos. Allí donde los dinastas y profetas árabes, más próximos a nuestro tiempo, son para la mayoría de nosotros unos individuos exóticos, los nombres de Samuel, David y Salomón están insertos en el presente, así como Isaías, Jeremías, Ezequiel, Amós…, que vivieron y murieron mucho antes de nacer Jesús, siguen siendo nuestros profetas y sus textos se leen a diario en millones de iglesias.

Si el moderno Estado sionista es, de alguna manera, la restauración del antiguo Israel (algo que sus adversarios cuestionan), lógico es que le concedamos el derecho a arraigarse en una tierra que, en Occidente, hemos asociado siempre con esa nación, especialmente los que crecimos en familias donde la Biblia era una lectura cotidiana. De ahí por qué sean las iglesias evangélicas, cuyos fieles son más asiduos lectores de las Escrituras, las que más simpaticen con el moderno Israel y más lo apoyen (al margen incluso de su fe en que la existencia de una nación judía asentada en su suelo ancestral sea condición indispensable para la segunda venida de Cristo). Se trata de familiaridad, de debida restitución histórica. ¿Cómo Jerusalén no va a ser de los judíos si así lo ha sido en nuestras lecturas seminales? Cuando el presidente Trump traslada la embajada de Estados Unidos a Jerusalén lo hace no tanto por presiones del primer ministro Netanyahu o del poderoso lobby judío de Washington, cuanto atendiendo a los deseos sinceros de un gran segmento de cristianos evangélicos que tiene un peso decisivo entre su electorado.

El moderno Israel ha llegado a sus setenta años en medio de la hostilidad de los que juzgan su existencia como un despojo y del júbilo de los que la celebran como la realización de un sueño histórico. Esa contradicción parece irreductible y fuerza al resto del mundo a tomar partido. Es un conflicto que a nadie deja indiferente, que por naturaleza excluye la neutralidad.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

©Echerri 2018

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