Vicente Echerri

En torno a una boda real

El príncipe Harry y Meghan Markle toman un carruaje después de su boda en la capilla de San Jorge en el castillo de Windsor, el 19 de mayo.
El príncipe Harry y Meghan Markle toman un carruaje después de su boda en la capilla de San Jorge en el castillo de Windsor, el 19 de mayo. AP

Medio mundo estuvo pendiente el pasado sábado de la boda del príncipe Enrique (en español seguimos con la costumbre de traducir el nombre de los miembros de las casas reales) de Gran Bretaña con la norteamericana Meghan Markle, ex actriz (como Grace Kelly), divorciada (como Wallis Simpson) y mestiza (biracial dicen ahora en inglés). Este último detalle no tiene precedentes y por ello es el que ha suscitado más comentarios, sobre todo en las redes sociales, que no tienen los frenos de la corrección política.

Abundan los entusiastas que ven en esta boda otro signo de apertura de una milenaria institución hacia los nuevos tiempos, y otros que la critican por considerarla una concesión extrema de la realeza británica —tradicional, ranciamente conservadora, como pocas cosas puede haber en el mundo— hacia el novorriquismo, la novedad, la diversidad y el celebrismo de relumbrón de la “cultura” estadounidense. Es como si la Corona inglesa se hubiera avenido a convertir el castillo de Windsor en un escenario de Hollywood. La composición racial de la nueva duquesa de Sussex es sólo un ingrediente de este package “americano” con que los ingleses han querido abaratarse o rejuvenecerse, según quien juzgue, o tal vez ambas cosas.

Lo más audaz de este enlace no es que Markle tenga herencia africana (podría haber sido una princesa etíope, nieta o biznieta del difunto emperador Haile Selassie), sino que viene de América, donde los negros vivieron en oprobiosa servidumbre durante siglos. Es decir, que los británicos especialistas en heráldica, tan dados a hacer minuciosos árboles genealógicos, tendrán que consignar, en la estirpe de futuros príncipes de la sangre, antepasados esclavos contemporáneos de Victoria, la tatarabuela de Isabel II, que fuera, en su momento, cabeza del mayor imperio de la tierra. Salvar ese abismo entre dos polos del pedigree social debe de haber sido lo más difícil para la soberana y la familia del novio. No se puede negar que lo han hecho con gracia.

Estados Unidos, que ha impuesto sus hábitos, su dieta, su música y otras muchas cosas en todo el mundo, acaba de tomar por asalto este bastión de los viejos tiempos que es la monarquía británica con la obsecuente complicidad de la pareja que acaba de casarse: ellos invitaron a predicar al Rvdmo. Michael Curry, el primer afroamericano que alcanza la primacía de la Iglesia Episcopal; ellos también invitaron al grupo que, en contraste con la tiesura de los coros ingleses, se contoneó en la mejor tradición de los negro spirituals cuando cantaba “Stand By Me”; y allí estaban, invitados por ellos, en lugar de los representantes de la aristocracia europea como era usual en estas ceremonias, una muchedumbre de millonarios norteamericanos vinculados a la industria del espectáculo, quienes transformaron la alfombra roja de la capilla de San Jorge en una pasarela de Los Ángeles.

Los que vimos, aunque fuese de lejos, esta boda del sábado, hemos sido testigos de un hito, de un punto de inflexión en la historia de una establecimiento secular: la pompa solemne y consagrada le cedía terreno y protagonismo a los ademanes y al folclore del otro lado del Atlántico, de donde venía también la simpática novia portadora, aunque no lo supiera o se lo propusiera deliberadamente, de una misión subversiva —renovadora, dirán otros— en el seno de una venerable institución.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

©Echerri 2018

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