Vicente Echerri

Un desplome para lamentar

El nuevo presidente del gobierno español, Pedro Sánchez (izq.), y su antecesor en el cargo, Mariano Rajoy, se dan la mano después de un voto de censura en la Cámara de Diputados que sacó a Rajoy del poder.
El nuevo presidente del gobierno español, Pedro Sánchez (izq.), y su antecesor en el cargo, Mariano Rajoy, se dan la mano después de un voto de censura en la Cámara de Diputados que sacó a Rajoy del poder. Getty Images

MADRID — Con la entrada del mes de junio llega a su fin el gobierno del presidente español Mariano Rajoy, a quien desaloja del poder un voto de censura orquestado por los socialistas en alianza con Podemos y otros grupos izquierdistas o secesionistas en la Cámara de Diputados. El líder de los populares, que había superado varias crisis desde que su partido perdió la mayoría absoluta en las elecciones de 2015, se ha visto desbordado ahora por la agresividad y la rapidez de la ofensiva que sus adversarios han montado, aprovechando la sentencia final en un caso de corrupción que venía juzgándose desde hacía años y que involucraba a altos cargos del PP. Es de lamentar por España.

Lo cierto es que el gobierno de Rajoy ha sido beneficioso para el país que, bajo su dirección, ha salido del hundimiento económico en que lo dejó inmerso la anterior gestión socialista contemporánea de la crisis mundial, y ha trabajado por la estabilidad institucional y el estado de derecho frente a enemigos internos y externos (terroristas, independentistas regionales y formaciones extremistas de izquierda) empeñados en generar caos y fractura. Que el líder socialista Pedro Sánchez ponga en peligro el equilibrio social y la seguridad de la ciudadanía —al hacer concesiones a los enemigos del sistema con el solo propósito de llegar al poder— revela su cortedad de miras y su falta de credenciales como estadista.

Fueron muchos lo que le pidieron a Rajoy que dimitiera con vistas a desactivar el voto de censura y a darle un margen, aunque fuese de días, a un gobierno en funciones que, tal vez, podría haber servido para descarrilar el proyecto de Sánchez y desbloquear la situación con unas nuevas elecciones. Él se ha negado a desaparecer de la escena y, al conservar su escaño de diputado, se convierte, a partir de hoy, en el líder indiscutible de la oposición, un papel que supo desempeñar muy bien en la época de Zapatero y al que avalan ahora el haber estado más de seis años al frente del gobierno. Tomando en cuenta este factor y la retacería precariamente cosida que hace posible la investidura del nuevo presidente, resulta fácil pronosticar que éste se las va a ver negras para llevar adelante cualquier programa medianamente serio. Al final el neopresidente contemplará una convocatoria de elecciones como la única manera de salir de un gigantesco atolladero.

Aunque la gente de la calle sigue haciendo su vida normal al margen de lo que sucede en el Congreso de los Diputados, todas las personas de pueblo con quienes he comentado la situación política (taxistas, camareros, tenderos, etc.) no sienten el menor entusiasmo por el cambio y ven con profundo escepticismo y hasta disgusto la movida que ha provocado la caída de Rajoy. Sé que esas opiniones no constituyen una encuesta profesional, pero, como muestra aleatoria a pequeña escala, me dan una cierta medida de la escasa popularidad del nuevo gobierno destinado a gastarse en el poder, como es usual, y obligado a hacer costosas concesiones a sus compañeros de viaje.

La izquierda está de plácemes por el derribo de Rajoy, pero su regocijo podría ser tan efímero como para terminar un momento después de que se inicie. Los socialistas y la retahíla de impresentables camaradas que les acompañan en este asalto al poder constituyen a simple vista una alianza frágil y quebradiza cuya mediana operatividad sería un milagro. Por el bien de España es válido desearles que puedan gobernar; por ese mismo bien, pero de más largas miras y mayor alteza, merecen no poder hacerlo.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

© Echerri 2018

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