Vicente Echerri

El tramposo escenario de Singapur

El presidente Donald Trump y el líder norcoreano Kim Jong Un firman un documento tras el acuerdo alcanzado en la reunión cumbre celebrada en Singapur el 12 de junio.
El presidente Donald Trump y el líder norcoreano Kim Jong Un firman un documento tras el acuerdo alcanzado en la reunión cumbre celebrada en Singapur el 12 de junio. NYT

PAMPLONA — Hasta esta ciudad de Navarra, que ya empieza a prepararse para los sanfermines, llegan los ecos de la cumbre de Singapur que ha reunido a los dos más improbables interlocutores: Donald Trump y Kim Jong-un, que hasta pocos meses estuvieron intercambiándose insultos y amenazas.

El presidente de Estados Unidos, de quien partió la iniciativa de este encuentro, lo ha celebrado como un triunfo, y de ello ha presumido en la larga rueda de prensa que concedió a los medios después de la reunión. Trump ha descrito al tirano de Corea del Norte como un líder “honorable” que desea “hacer lo correcto” y ha anunciado el fin de los ejercicios militares conjuntos con Corea del Sur, a los cuales, haciendo suyo el lenguaje del enemigo, ha definido como “una provocación”.

Estas declaraciones podrían juzgarse como una traición —sobre todo a los principales aliados de Estados Unidos en la región, Japón y Corea del Sur—, si no fuesen un dislate o una sandez. El Presidente, fiel a su estilo, se conforma con las apariencias. Cree que ha dado un “golpe de efecto”, más propio de un reality show que de la realpolitik, y con eso supone que le basta para asomarse al umbral de la Historia (no para entrar realmente en ella) junto a este gnomo grotesco que se ha atrevido a amenazarnos con bombas nucleares y que, por tal atrevimiento, a estas alturas no debería estar vivo ni su régimen en pie y no departiendo amigablemente con el líder del mundo libre. El espectáculo ha sido vergonzoso.

Trump, en su desmedida soberbia, creerá —y algunos analistas con él— que este encuentro, que puede llevar a la desnuclearización de la península coreana, es su triunfo personal; yo creo, en cambio, que si alguien puede anotarse un triunfo es Kim Jong-un que, apelando a bravuconadas, ha llevado a la mesa de conversaciones, desde su insignificancia, a la primera potencia global, la cual, en alguna medida, ha reconocido como su igual a esa excrecencia del derrumbado mundo comunista.

Estoy persuadido de que Kim ha detonado bombas nucleares, ha hecho pruebas balísticas de mediano y largo alcance y ha amenazado a Estados Unidos (con los riesgos que ello pudiera conllevar) para lograr esto que hemos empezado a ver: que Estados Unidos reconozca y respete la supervivencia de este régimen decrépito y, de ser posible, contribuya a su sostenimiento y estabilidad. Ni por un momento es de creer que se propusiera atacar realmente a nuestro país, ni siquiera a Corea del Sur o a Japón. Eso habría sido equivalente a su propia extinción y, por loco que pueda estar el norcoreano, no es suicida ni quiere perder el poder. Luego, todo esto ha sido una añagaza —orquestada con ayuda de China— para tomarle el pelo al Presidente (y con él a toda la nación) apelando a su desmedida vanidad.

Corea del Norte ha fabricado armas nucleares para negociar con ellas, para obtener prebendas, reconocimiento y seguridad a cambio, no con verdaderas intenciones de lanzárselas a nadie. El presidente de Estados Unidos debía haber aniquilado a ese régimen o, como un mal menor, haberlo ignorado. De todas las opciones, eligió la peor, la de reconocer como igual y dialogar (aunque no pase de las apariencias) con un bribón que se moría por ese reconocimiento. En mi opinión, ha sido un grave error que afecta necesariamente el prestigio de este país y lo que debe ser su decisivo arbitraje imperial. Que lo celebren otros, yo lo deploro.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

© Echerri 2018

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