Vicente Echerri

La execrable revolución

Soldados de la Legión Extranjera desfilan el 11 de julio en los Campos Elíseos, en París, en un ensayo para el desfile del aniversario de la Revolución Francesa, el 14 de julio.
Soldados de la Legión Extranjera desfilan el 11 de julio en los Campos Elíseos, en París, en un ensayo para el desfile del aniversario de la Revolución Francesa, el 14 de julio. AP

La guerra de independencia de las Trece Colonias fue pionera en declarar la igualdad de los seres humanos (aunque siguiera consintiendo en la esclavitud) y los ingleses decapitaron a su rey casi siglo y medio antes; sin embargo, la revolución que los franceses iniciaron con el asalto a la fortaleza de la Bastilla, en París, el 14 de julio de 1789, asumió desde el primer día un aire de deslumbrante novedad.

Llevaban los franceses mucho tiempo haciendo las cosas con gran estilo, estilo que el resto del mundo imitaba: peinados, muebles, edificios, ideas… París dictaba la moda que los demás copiaban. A principios de ese siglo llamado “de las luces”, un joven zar había venido del otro extremo de Europa para ver cómo era la corte de Luis XIV y luego intentar reproducirla en los humedales del Neva. Más tarde, los enciclopedistas hacían el primer intento “moderno” de ordenar y encapsular todo el saber. Las obras de Montesquieu, de Voltaire y de Rousseau sentaban cátedra y encontraban fervorosos lectores y conversos hasta del otro lado del Atlántico. Los salones de la aristocracia eran ámbitos de la Ilustración y del pensamiento liberal…

La mala administración, la corrupción que siempre acompaña al lujo rumboso y la frivolidad de un despotismo blando y obsecuente engendraron la crisis económica que puso en movimiento a la gente de los arrabales que los demagogos utilizarían como arietes contra las instituciones del ancien régime. Se invocaba la razón como el rasero para juzgar todas las cosas y la razón imponía una asepsia sangrienta y radical. Los Estados Generales, que el rey absoluto convocara como un parlamento de excepción, pronto se transformaron en Asamblea Nacional y ésta, a su vez, en Convención; la monarquía no tardaría en dar paso a una república que impartía justicia sumarísima con la cuchilla de la guillotina.

El mundo miraba con asombro este espeluznante ensayo que estaba ocurriendo en el centro mismo de la civilización occidental donde, siguiendo una cartilla racional, intentaban cambiarlo todo: los días de la semana, los meses del año, los símbolos del Estado… Los revolucionarios franceses, en el empeño de erigir un nuevo orden, terminaron por inventar el totalitarismo, que habría de producir sus réplicas más pavorosas en el siglo XX: los monstruos engendrados por el sueño —delirante— de la razón.

En Francia persisten en celebrar la fecha en que comenzó ese cataclismo y en medio mundo se repite la consigna de aquellos revolucionarios: “libertad, igualdad, fraternidad” (sin detenerse a pensar que la libertad conlleva, casi necesariamente, la desigualdad, así como la imposición de la igualdad es sinónimo de esclavitud) y nos emocionamos con las notas marciales de La Marsellesa (música ciertamente conmovedora) que es un emblema de aquella locura, cuyo único fruto meritorio ha sido el Sistema Métrico Decimal.

Con el perdón de los franceses, la fecha es infausta y la recordación debería ser luctuosa, como pórtico infernal de la tiranía, del asesinato institucionalizado, de la imposición de la guerra “total” con el consecuente exterminio de civiles (algo que, para el tiempo de la revolución, había desaparecido del escenario europeo por casi dos siglos), de la fe en la redención sangrienta que justifica el fratricidio. Esa “madre de todas las revoluciones” no ha sido suficientemente execrada. En sus secuelas todavía vivimos.

Las libertades que hoy disfrutamos tienen otros orígenes: se asientan, por ejemplo, en la lenta y secular labor del parlamentarismo británico y, si queremos encontrar un punto de inflexión, en aquellos patricios que un día, también de julio, firmaron el acta de nacimiento de los Estados Unidos de América: afortunado experimento que perdura hasta hoy.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

© Echerri 2018

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