Vicente Echerri

Inmolación fecunda: El asesinato de la familia imperial rusa

Imagen de la familia Romanov, asesinada por los bolcheviques hace cien años.
Imagen de la familia Romanov, asesinada por los bolcheviques hace cien años. EFE

Acaban de cumplirse cien años del asesinato de la familia imperial rusa, ocurrido de la manera más alevosa en el sótano de una casa de la ciudad de Ekaterimburgo -donde los bolcheviques la mantenían prisionera- en la noche del 16 al 17 de julio de 1918. No sería el primer crimen de un régimen esencialmente criminal, pero, por la alteza de las víctimas y su casi absoluta inocencia, la muerte brutal adquiriría el rango de oblación simbólica: emblema sangriento de una era nefasta que recién se estrenaba y que habría de durar casi por el resto del siglo.

Alrededor de año y medio antes, en febrero de 1917 y en medio del gran caos y convulsión que provocó en Rusia el horror de la I Guerra Mundial, se había desplomado el régimen autocrático: el zar Nicolás II había abdicado y, poco después, se instauraba una república parlamentaria que estaba condenada a ser breve. A principios de noviembre, los bolcheviques -que habían infiltrado las Fuerzas Armadas y el movimiento obrero- asaltaban el poder e imponían una tiranía de partido único que sería uno de los experimentos más sangrientos y fallidos de la historia.

La Revolución Francesa había ejecutado a sus reyes luego de un juicio, ciertamente torpe y fraudulento, pero que pretendió, al menos, conservar las apariencias de la legalidad; y la venganza revolucionaria no se extendió a todos los miembros de la familia real (por ejemplo, la duquesa de Angulema, hija de Luis XVI y María Antonieta, sobrevivió al terror y fue parte del régimen de la restauración en 1814). Los bolcheviques, en cambio, asesinaron al zar y a su familia de la manera más salvaje y chapucera: a tiros, a bayonetazos, a palos, con la saña que habría de caracterizar desde el principio al experimento comunista que se presentaba como una novedad: una dictadura que tenía entre sus objetivos la suplantación de las tradiciones e incluso la reescritura de la Historia.

Creían los marxistas-leninistas recién advenidos al poder que la “enferma sociedad” rusa que transitaba entre el feudalismo y el capitalismo, precisaba de una purga sangrienta: un despotismo secular no se arreglaba con la receta de la libertad que sólo serviría para perpetuar las desigualdades del orden aristocrático o burgués (en libertad la gente tiende a reincidir en sus hábitos, a conservar los esquemas de la explotación). La igualdad deseada requería la imposición de un despotismo nuevo que erradicara las lacras consuetudinarias. La familia que encarnaba el establishment que debía ser destruido habría de estar entre los primeros en perecer.

El tiempo mismo se encargaría de desacreditar, por inhumano, arbitrario e ineficaz, aquel ensayo de ingeniería social. Setenta y tres años después del crimen de Ekaterimburgo, Rusia resurgía tras larga hibernación y los restos de la familia imperial serían exhumados e identificados, mediante las inevitables pruebas de ADN, a lo que seguiría la reivindicación pública de las víctimas: primero con su solemne sepultura, con honores de Estado, en 1998 (en la capilla de Santa Catalina de la catedral de San Pedro y San Pablo en San Petersburgo, donde reposan los restos de la mayoría de los zares), y luego con su canonización en el año 2000, cuando la Iglesia Ortodoxa elevaba a Nicolás II, a la zarina y a sus hijos a los altares. Tres años más tarde, en el lugar del crimen se levantó una portentosa iglesia bizantina bajo la advocación de Todos los Santos, también conocida como la iglesia Sobre la Sangre, que da testimonio, a un tiempo, de la futilidad del regicidio y del fracaso de la ideología que lo inspiró, razones por las que no sería vano afirmar que la inmolación del último zar y de los suyos ha sido fecunda.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos. ©Echerri 2018

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