Vicente Echerri

La perniciosa acción afirmativa

Un grupo que se opone a las distinciones raciales en el proceso de matrícula universitaria ha demandado a la Universidad de Harvard por presunta discriminación contra norteamericanos de origen asiático.
Un grupo que se opone a las distinciones raciales en el proceso de matrícula universitaria ha demandado a la Universidad de Harvard por presunta discriminación contra norteamericanos de origen asiático. AP

Hace más de treinta años, en una cena entre amigos en Nueva York, un señor, que entonces tenía un alto puesto docente en la Universidad de Columbia, nos confesó que sobre él recaía la última decisión a la hora de otorgar las becas de su departamento, pero que, en ocasiones, para una sola beca, tenía cuatro o cinco aspirantes con idénticas calificaciones académicas. Esta dificultad la resolvía por lo que él calificó de “imponderables”: la persona que le resultara más simpática, quien tuviera los ojos más bonitos, etc. A mí me pareció escandaloso, mas no por ello menos aleccionador.

He recordado esta semana aquella cena a propósito de una demanda contra la Universidad de Harvard (acaso el centro de altos estudios más prestigioso de Estados Unidos) por prácticas discriminatorias y arbitrarias en la admisión de nuevos ingresos. Desde luego que las altas calificaciones son requisito indispensable, pero no suficiente. Hay otros raseros que no se divulgan, pero que se tienen muy en cuenta a la hora de elegir entre los miles de solicitantes: si los padres del estudiante son antiguos alumnos, si la familia ha contribuido con importantes donaciones o legados a la universidad, así como la raza y la etnia. Este último aspecto se aplica en conformidad con la llamada “acción afirmativa”, al objeto de hacer las clases más representativas de la población en general y darle cabida a estudiantes de las minorías (aunque esto conllevara reducir un poco las exigencias académicas de estos candidatos).

Curiosamente, la entidad demandante, Estudiantes por Admisiones Justas (Students for Fair Admissions) lo hace en nombre de una minoría, los asioamericanos, que a veces no clasifican como tal debido al alto nivel de vida y poder adquisitivo de muchos de sus miembros. Los demandantes arguyen que Harvard tiene en cuenta la raza de estos estudiantes de origen asiático no para beneficiarlos, sino para excluirlos, por entender que tendrían, si sólo se les juzgara por sus méritos académicos, una exagerada representación en la universidad.

He aquí, pues, la acción afirmativa operando como instrumento de lo que se supone deba combatir: la discriminación y exclusión raciales, lo cual prueba, una vez más, que no bastan las buenas intenciones para que prevalezca la justicia y la equidad. La AA ha servido, negativamente, para socavar los rigurosos estándares académicos que alguna vez fueran el orgullo de las primeras universidades de este país y, al reducir esos estándares para beneficiar a miembros de las minorías, fundamentalmente a negros e hispanos, hacerles el flaco servicio de inferiorizarlos, al admitirlos con criterios de menor rigor; lo cual, en definitiva, redunda en perjuicio de esas mismas minorías y de la población en general.

Si esta democracia ha de sostenerse y proyectarse hacia el futuro gracias a esa élite que se ha llamado “la meritocracia”, la AA sería en el mejor de los casos un burdo recurso para promover una fraudulenta igualdad y, en el peor, un expediente para rebajar o frenar la aspiración a la excelencia que debe ser el motor del desarrollo en toda sociedad sana.

Los miembros de las minorías que tradicionalmente han padecido marginación en este país no precisan de favores para salvar las secuelas de esa injusticia, sino genuinas oportunidades de superación que deben empezar en el hogar y los primeros niveles de la escuela. La disciplina del trabajo, la estructura familiar, el auténtico afán de conocimiento son condiciones insustituibles que no pueden suplirse con limosnas en la enseñanza superior sin que toda la sociedad se vea afectada de facilismo y de mediocridad. Es preciso decir que el camino de la verdadera redención es largo y arduo y, además, sin atajos.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

©Echerri 2018

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