Vicente Echerri

La aplazada guerra con Irán

El presidente de Irán, Hassan Rouhani, critica las sanciones norteamericanas en un discurso televisado en Teherán, el 6 de agosto.
El presidente de Irán, Hassan Rouhani, critica las sanciones norteamericanas en un discurso televisado en Teherán, el 6 de agosto. AP

La reimposición de las sanciones de Estados Unidos a Irán, que entrarán en vigor en noviembre, reabren un nuevo capítulo de la confrontación que se ha mantenido (sin descartar del todo la vía diplomática) entre ambos países desde el triunfo de la revolución iraní hace casi 40 años. El grave error del entonces gobierno de Jimmy Carter —que permitió que esa revolución sobreviviera pese a haberse inaugurado con un acto deliberado de agresión hacia EE.UU.— lo hemos ido arrastrando de crisis en crisis a lo largo de todo este tiempo. Una malignidad que nuestros gobiernos han querido tratar siempre con paños tibios, cuando lo único aconsejable era la remoción violenta. Las malignidades se extirpan, no se atenúan con cataplasmas.

Como bien ha señalado el presidente Trump, el trato que Estados Unidos suscribió con Irán —y del que fueron cosignatarios otras grandes potencias— fue erróneo no porque Irán hubiese violado los compromisos que contrajo respecto al enriquecimiento de uranio (paso previo para la fabricación de armas nucleares), sino porque el acuerdo dejaba fuera la proliferación de sistemas de armamentos convencionales y la injerencia iraní en Siria, el Líbano, Irak y Yemen con el abierto propósito de ejercer un decisivo arbitraje en la política del Oriente Medio, en directa oposición a Israel y Arabia Saudita, algunos de nuestros principales aliados en la zona.

Al reimponer las sanciones, Trump aspira a llevar por el narigón a los iraníes a la mesa de conversaciones para obtener un acuerdo que satisfaga más a sus aliados y que aplace la guerra con Irán otra generación, pues esa guerra es inevitable a mediano o largo plazo, a menos que el régimen de los ayatolás se derrumbe y dé paso a un Estado democrático, escenario que en este momento es absolutamente utópico. Si cayera la teocracia iraní es más que probable que los militares, en particular la Guardia Revolucionaria, sean los que tomen el poder para imponer una desembozada tiranía.

Yo dudo que el Presidente llegue a tener éxito, porque si Irán se aviniese a restringir su apoyo a Jezbolá, al gobierno de Siria y a los rebeldes chiíes de Yemen su importancia regional se vería sensiblemente reducida y, por consiguiente, la razón misma de existir de ese régimen. El presidente iraní acaba de denunciar las medidas anunciadas por Trump como un intento de dividir a su pueblo, parte del cual ha salido a protestar en estos mismos días, y aún más protestarán si las sanciones llegan a afectar seriamente la economía de ese país, como es de esperar.

Dicho de otra manera, Trump opta por las sanciones para evitar la guerra, que, en mi opinión, sería la respuesta más coherente, lógica, productiva y en conformidad con los intereses de Estados Unidos y sus aliados (aunque estos últimos no lo reconozcan). Irán constituye un serio incordio para la política regional norteamericana, e incluso en el ámbito global. Un cambio de régimen no sólo es deseable, sino perentorio.

Si Estados Unidos ha de seguir ejerciendo su hegemonía (en el nivel que ahora mismo se encuentra) al menos por el resto del siglo, tiene que imponer decisivamente su agenda por la vía de la fuerza mientras tenga esa oportunidad; de lo contrario su liderazgo se verá menoscabado y desplazado por la nueva superpotencia emergente (China) o por potencias regionales como Irán, cuya sola existencia debería constituir un escándalo. Tal vez lo más sabio y aconsejable, aunque suene como una reaccionaria desmesura, sea no sólo derribar la teocracia iraní, sino devolver al hijo del Sha (que vive en Estados Unidos) al trono de sus mayores, como factor de estabilidad y garantía de amistad y buena voluntad.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

©Echerri 2018

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