Vicente Echerri

En torno al conservadurismo

El Partido Republicano, en el que estoy inscrito, divulga periódicamente entre sus miembros encuestas sobre la agenda partidaria, tanto legislativa como de la que es portavoz el Presidente. En ella suelen pedirles a los encuestados que definan su posición política o ideológica marcando la casilla al lado de categorías como éstas: “Muy conservador”, “ligeramente conservador” “Liberal”, “Muy liberal”, etc. Y ello constituye para mí la mayor dificultad, no sólo porque me siento incómodo de asumir una de estas etiquetas, sino por creer las mismas no se corresponden con lo que genuinamente significan tales nombres. Más de una vez, venzo mi desconcierto optando por no responder la encuesta y tirándola directamente al cesto.

Esto, sin embargo, no resuelve el problema, tan sólo lo evade o lo aplaza, dejando en el aire mi ubicación política que parece tan perentoria en estos tiempos y que podría ser un comodín útil a la hora de identificarse o de respaldar una opinión. Estos términos de conservador y liberal, como tantos otros, sufren extrañas mutaciones, y en la actualidad los vemos usados con sentidos que son casi lo opuesto de su origen.

Aquí, en Estados Unidos, los conservadores, o neoconservadores, como algunos suelen llamarlos, son en realidad los liberales del siglo XIX que, en el terreno de la economía, dejan la sociedad librada a la iniciativa de los empresarios privados, con un gobierno pequeño y la práctica, a veces feroz, de un darwinismo social; es decir, una sociedad puramente competitiva donde sólo deben sobrevivir los más aptos. En su rechazo a las regulaciones estatales y a una sana política fiscal que, necesariamente, tiene que depender de la recaudación de impuestos, estos “conservadores” a veces se comportan como anarquistas

Por otra parte, los llamados “liberales” son los socialistas, o los socialdemócratas, que predican a un tiempo la intervención estatal y una igualdad social basada en el relativismo de todos los valores. La agenda de estos mal llamados liberales, se impuso en la vida política y social norteamericana con consecuencias desastrosas.

El conservadurismo clásico, que tan pocos seguidores parece tener, está un poco a medio camino entre ambas posiciones y, en alguna medida, puede verse como opuesto al liberalismo de los que se autotitulan neoconservadores. ¿Qué significa, pues, ser conservador?

Un conservador cree en un “buen gobierno” —que los británicos siempre identificarían con un gobierno fuerte—, en el deber de los ciudadanos para con la comunidad y en el buen rendimiento de los servicios públicos, de los cuales toda la sociedad es garante, frente al individualismo a ultranza de los liberales, que puede llevar a las clases pudientes a marginarse de la cosa pública.

Un conservador cree también en el principio de autoridad, que comienza en la familia y se concreta en la estructura del Estado, así como en la existencia de valores y jerarquías, culturales, sociales, etc, (para él habrá ideas o personas superiores e inferiores, y defenderá las antinomias clásicas de civilización y barbarie, progreso y atraso, sacro y profano, etc.)

Un conservador cree en la evolución social y abomina los cambios revolucionarios y las estridencias militantes, y en esto se diferencia del radical de derecha con el que alguna vez se le confunde. El conservador puede ser drástico en la defensa del status quo o en el empeño de revertir un orden revolucionario, pero es, por naturaleza, ecuánime y circunspecto. Un conservador siempre recela del fervor excesivo.

Para mí, en fin, un conservador es, más que un político, un esteta que cree en la existencia de arquetipos y paradigmas, en un orden social presidido por la belleza y la serenidad, frente a la pragmática pugnacidad del liberalismo de ayer —que es el neoconservadurismo de hoy— y del radicalismo de los socialistas que aquí se llaman liberales.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos. ©Echerri 2018

  Comentarios