Vicente Echerri

Los tanques del oprobio en la plaza de Wenceslao

Una multitud se reúne el 20 de agosto frente a la embajada de Rusia en Praga para conmemorar el quincuagésimo aniversario de la invasión soviética a Checoslovaquia.
Una multitud se reúne el 20 de agosto frente a la embajada de Rusia en Praga para conmemorar el quincuagésimo aniversario de la invasión soviética a Checoslovaquia. AFP/Getty Images

Acaban de cumplirse 50 años de la invasión soviética a Checoslovaquia y el acontecimiento infame no ha sido lo suficientemente recordado en la prensa. El 20 de agosto de 1968, 200,000 soldados de las fuerzas del llamado Pacto de Varsovia, apoyados por más de 2,000 tanques, intervenían para frenar un movimiento de liberación que se conoce hasta hoy como “la primavera de Praga”. En verdad, esa primavera había empezado en pleno invierno, el 5 de enero del 68, cuando Alexander Dubček se convirtió en Secretario General del Partido Comunista y empezó a poner en práctica una política de apertura que él mismo definiera como “socialismo con rostro humano”, al amparo de la cual emergería la libertad de prensa y de opinión, se relajaría el dogal sobre la economía —típico de las dictaduras marxistas— y llegarían a crearse otros partidos políticos, la mayor herejía para una tiranía totalitaria.

Los dirigentes soviéticos (¡qué bueno que se les puede mencionar como una excrecencia del pasado!) no podían permitir que ese movimiento que alegraba a los checos prosperara. Aunque no tenía el carácter de la abierta rebeldía de los húngaros en 1956 (que fuera suprimida brutalmente), Checoslovaquia había empezado a deslizarse hacia la democracia capitalista, y tolerar ese deslizamiento podría significar el principio del fin del imperio que levantara Stalin en media Europa al término de la segunda guerra mundial. Era menester intervenir aunque conllevara descrédito, y fue así que Leonid Brézhnev aplicó la doctrina que lleva su nombre, conforme a la cual no se podía permitir que ningún país del bloque comunista de Europa Oriental diera muestras de independencia o, algo mucho peor, que llegara a pasarse al campo enemigo, aunque para impedirlo hubiera que recurrir a la violencia.

La primavera de Praga, que coincide con movimientos estudiantiles en Francia, en México y en Estados Unidos, donde se potenciaron con las revueltas ocasionadas por el asesinato de Martin Luther King, ha de verse como un punto de inflexión en la proyección mundial del comunismo soviético. Aunque habrían de pasar más de 20 años antes de que uno de los sistemas más inicuos e inoperantes de la historia se derrumbara, sus debilidades quedaron de manifiesto entonces a pesar de su triunfo aparente. La intervención en Afganistán en 1979 sería un fracaso más obvio y, cuando se produjo la crisis en Polonia en 1981, los rusos optaron por no invadir y le confiaron la desesperada tarea de contención al títere de Jaruzelski, que hizo lo más que pudo por retrasar el colapso casi otra década. Tal como Mijaíl Gorbachov llegó a reconocer francamente, “el sistema no funcionaba”. El capitalismo era la alternativa real no obstante sus inequidades.

Puede apuntarse, como dato curioso, que dos dictadores comunistas reaccionaron de maneras opuestas ante la intervención soviética en Checoslovaquia: Nicolae Ceaușescu no solo rehusó que Rumanía participara en la invasión, sino que se atrevió a denunciarla en una manifestación pública; mientras que Fidel Castro, dicen que chantajeado por la posible suspensión del petróleo ruso, respaldó desvergonzadamente la operación militar para quedar uncido a la Unión Soviética hasta su desaparición. Cualquier amago o presunción de independencia de parte del régimen cubano no tendría a partir de entonces la menor credibilidad. Chequia y Eslovaquia (las dos naciones que surgieron luego del desplome del comunismo) hace más de un cuarto de siglo que son libres. Cuba, en cambio, uno de los últimos reductos de esa siniestra ideología, aún falta por caer.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

©Echerri 2018

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