Vicente Echerri

El perdurable ejemplo de McCain

El senador John McCain (republicano por Arizona), que ha estado padeciendo de un cáncer cerebral por más de un año, no seguirá recibiendo tratamiento contra la enfermedad.
El senador John McCain (republicano por Arizona), que ha estado padeciendo de un cáncer cerebral por más de un año, no seguirá recibiendo tratamiento contra la enfermedad. NYT

La familia de John McCain —a quien le diagnosticaron el año pasado un agresivo cáncer del cerebro— acaba de anunciar que el senador por Arizona y ex candidato a la presidencia por el Partido Republicano ha tomado la decisión de suspender el tratamiento. Tal anuncio, que lo dicta el valor y la dignidad que han caracterizado la vida de este hombre, sólo puede significar que su fin está a las puertas. El fin de su ciclo vital, como el de cualquier otro ser viviente, pero no el de su historia de patriotismo y de decoro que, sin duda, habrán de sobrevivirle por mucho tiempo. McCain es la encarnación del buen americano, de los más nobles ideales de este país, a cuyo servicio ha estado desde muy joven y hasta el último día.

Nacido en un hogar de marinos —hijo y nieto de almirantes—, siguió esta tradición familiar hasta convertirse en un piloto de la Armada, cuyo avión fue derribado en una incursión a Vietnam del Norte, donde lo mantuvieron prisionero durante cinco años y donde lo sometieron a torturas. Los comunistas estaban dispuestos a cambiarlo por tratarse del hijo del comandante en jefe del Comando del Pacífico, pero él rehusó este trato privilegiado si sus compañeros de armas no eran liberados junto con él. Así empezó una ordalía que ya pertenece a los libros de historia y la definición de un carácter.

De vuelta a su país, quiso servir en otro frente y resultó electo dos veces a la Cámara de Representantes y luego cinco veces seguidas al Senado por el estado de Arizona, donde se mudó en 1981 luego de retirarse con honores de las Fuerzas Armadas. Comenzaba entonces, con bastante más de cuarenta años, otra carrera en la que habría de persistir hasta el final, sobrada de deberes y no exenta de contrariedades y, en medio de la cual, aspiró a la primera magistratura de la nación que el electorado le negó.

Las elecciones de 2016 lo llevaron a disentir de su propio partido y del candidato que éste propuso para la presidencia en las elecciones de ese año y que a McCain llegó a parecerle un facineroso, ajeno a la rectitud, a la probidad y al estilo que, en su opinión, debían definir al hombre público. Un comentario de Donald Trump, irrespetuoso hacia la familia de un soldado caído en combate, dieron lugar a que McCain dijera: “yo no puedo votar por ese hombre”. En el tiempo transcurrido desde entonces, el encono entre el Presidente y el Senador no ha hecho más que acentuarse, al extremo de que McCain ha dicho que no quiere a Trump en sus funerales.

Esta discrepancia con el actual líder del Partido Republicano, en el que McCain ha militado toda su vida, debe de haber amargado sus últimos años, aunque no lo bastante como para dejarse abatir por el pesimismo. Quien está a punto de dejarnos es un hombre que ha creído en la grandeza política y moral de este país, en su hegemonía para el bien, en su solidaridad con todas las causas nobles de la tierra, credo que parece desconocer el actual inquilino de la Casa Blanca. Pero, desde el umbral del fin, McCain debe de estar seguro de que las virtudes cívicas que hicieron verdaderamente grande a Estados Unidos no han desaparecido, tan sólo pasan por un momento de abandono para renacer luego con mayor ímpetu. Cuando eso ocurra —aunque ya él no esté aquí para verlo— no faltarán quienes lo citen como ejemplo e inspiración.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

©Echerri 2018

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