Vicente Echerri

Trayecto de una opinión

En marzo de 1980, a pocos días de mi llegada a Miami, Roberto Fabricio, director de este diario, que entonces aún se llamaba El Miami Herald, me invitó a colaborar en sus páginas de opinión. En ese momento —y salvo un par de entrevistas que me habían hecho meses antes en Madrid, una de las cuales había tenido amplia divulgación— yo no tenía la menor experiencia periodística: apenas era el autor de un poemario (inédito aún en esa fecha) y de un par de testimonios sueltos. ¿Qué le llevó a pensar al director de una publicación que, fundada en 1977, se proyectaba como el primer órgano de difusión impreso en español de Estados Unidos, que mi colaboración tendría algún mérito? Más de 38 años después no soy yo quien puede responder a esa pregunta, pero sospecho que el Sr. Fabricio debe haber captado, en una breve entrevista que tuve con él en su despacho, que yo tenía opiniones y que me atrevía a exponerlas con alguna elocuencia.

Respondí a esa invitación con una serie de cinco artículos sobre Cuba que, gracias a los servicios de una agencia de prensa, se difundió extensamente en América Latina. El director del Herald tuvo la gentileza de presentarme a sus lectores en términos tan elogiosos que no me atrevería a citarlos aquí. Aún le sigo agradeciendo la deferencia. Yo tenía 31 años y sentía que llegaba a otro mundo donde tenía todo por hacer. Escribir columnas de opinión sería una de esas tareas.

Esa invitación fue un reto y un aprendizaje, una trayectoria (en el sentido en que decimos en inglés a journey) que me llevó a definir, sobre la marcha, un objetivo y un estilo. El periodismo de opinión, no tardé en descubrir, sólo podría justificarse en la arrogancia: la convicción de que podemos influir o convencer al que nos lee, aunque se admitan discrepancias.

Alguna vez dije desde esta misma página: “el columnista de opinión se convierte en una especie de intérprete o hermeneuta del acontecer diario —político, económico, social, cultural, nacional, extranjero— y emite sus opiniones con una rotundidad pasmosa. En esto se diferencia del reportero o del mero redactor de noticias. De este último se espera que sea lo más objetivo e imparcial que pueda, basándose en toda clase de datos y fuentes comprobables. El columnista de opinión, si bien no puede desdeñar la realidad y los datos concretos de una noticia, existe para comentarlos desde un ‘punto de vista’ personal, es decir, el suyo, que siempre va a estar contaminado de subjetividad y de pasión”. Sigo estando totalmente de acuerdo con ese criterio.

Así pasaron muchos años, y centenares de columnas. Sobre la marcha fui descubriendo una misión y una manera de decir. Ya Buffon lo había definido en una frase célebre: “le style est l’homme même”. El modo de expresar una idea es, sin duda, parte del contenido, del mensaje que quiere transmitirse. A lo largo de todo este tiempo, me he preocupado de que mis opiniones —además de inducir a reflexionar y a reaccionar, a reafirmar o negar lo que, atrevidamente, era capaz de proponer— hayan estado definidas por un imperativo de elegancia verbal y de belleza. Creo haber sido siempre fiel a esta norma y espero no hayan dejado de advertirlo los lectores de esta columna que, tras casi cuatro décadas, llega a su fin en esta fecha.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

©Echerri 2018

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