Vicente Echerri

Un ineludible desafío

La bandera negra del Estado Islámico ondea desde hace varios días sobre las ruinas de Palmira, en el desierto de Siria, como amenaza real no sólo a uno de los conjuntos arqueológicos mejor conservados del mundo, al que la UNESCO declarara patrimonio de la humanidad; sino a todo lo que representa nuestra civilización. Si alguien, en Occidente, cree que puede ignorar esta contienda como un conflicto marginal entre tribus bárbaras del Oriente Medio, este avance reciente del EI se encarga de sacarlo del engaño: se trata, por el contrario, de un desafío a nuestros valores y al orden que sostiene nuestra manera de vivir, desafío que debe ser enfrentado y combatido con todos los recursos de que disponen las grandes democracias llamadas a ser garantes de ese orden. Cualquier otra actitud sería de una perniciosa negligencia.

Podrá argüirse con razón que la guerra civil en Siria, con su larga secuela de ruina, muerte y desplazamientos de población, así como la corrupción e ineficacia del gobierno iraquí, son responsables directos del surgimiento de este “califato” que se ha extendido por nueve provincias de Siria y siete de Irak, a pesar de los continuos bombardeos de los aviones de la coalición que han causado cerca de 3,000 bajas mortales entre sus combatientes; y podrán decir, por su parte, los partidarios del pacifismo —políticos, líderes religiosos y activistas casi siempre, pero no exclusivamente, de izquierda— que los errores de las misiones en Afganistán e Irak debían servirnos de lección para distanciarnos de estos conflictos regionales, que no parecen tener fin, y de problemas sin arreglo previsible.

Yo creo, por el contrario, que mantenerse al margen de un fenómeno como el Estado Islámico, tanto en el Oriente Medio como en Libia o en Nigeria, así como de otros movimientos subversivos islamitas en Somalia y en Yemen, no sólo constituye un acto de peligrosa irresponsabilidad, sino que es una opción imposible. Occidente (entiéndase Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Alemania, Italia, Canadá, Australia y, en menor medida, otras potencias europeas), que ya interviene en algunos de estos sitios con incursiones aéreas, tendrá que hacerlo con mayor determinación y casi seguramente con soldados sobre el terreno. De la prontitud con que estas intervenciones se lleven a cabo dependerá la mayor eficacia de sus resultados y la menor cantidad de tiempo en alcanzarlos.

Debemos cuidarnos —nos dicen casi a diario políticos y diplomáticos— de que no parezca que Occidente está en guerra contra el islam, que “es una religión de paz”, sino contra una de sus manifestaciones minoritarias y extremistas; que no llegue a convertirse este conflicto —nos previenen— en una guerra cultural o en un choque de civilizaciones.

Aunque los yihadistas sean ciertamente una fracción minúscula de la población del mundo que profesa el mahometismo, no pueden separarse de su origen ni de la religión en cuyo nombre actúan; más bien son fieles a la propagación armada que extendió, en menos de un siglo, el nuevo culto de los árabes desde España hasta el norte de la India; una religión —y sobre todo una cosmovisión— que no se asocia históricamente con la paz, como bien se encargó de recordarlo en días pasados una transmisión del propio Estado Islámico atribuida a su máximo líder, el “califa” Abu Bakr al-Baghdadi. El EI puede ser una versión extrema del islam, pero no es una aberración de su doctrina, sino la puesta en práctica de la misma con celo escrupuloso. Los cientos de millones de musulmanes que viven vidas tranquilas, en la práctica tibia de su religión, ajenos a esta desaforada militancia, son los inauténticos.

Al combatir al Estado Islámico, Occidente se enfrenta, pues, a la expresión más acendrada de una religión y a un repertorio de normas que nuestra cultura —laica, racional, democrática, fundada en la libertad a pesar del oscurantismo que, en alguna medida, difunden todavía las iglesias— ha rechazado y ha superado. Los yihadistas del Estado Islámico deben ser combatidos y derrotados precisamente porque la existencia de un orden bárbaro en expansión no es tolerable ni negociable en ninguna región de este planeta que las ciencias, las modernas tecnologías y el mercado han hecho tan pequeño e inmediato.

© Echerri 2015

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