Vicente Echerri

Un rey en París

Felipe VI
Felipe VI AP

El rey Felipe VI de España —apuesto, elegante y elocuente, atributos que no siempre acompañan a los monarcas por más que en ello insistan los cuentos de hadas— habló ayer ante la Asamblea Nacional de Francia y sus palabras provocaron cálidos aplausos y, al final, una ovación de más de un minuto.

Mientras veía los clips de la comparecencia y leía el texto del discurso no podía dejar de pensar que el español cuyas palabras los diputados franceses celebraban tan calurosamente era un descendiente directo de Luis XIV —diez generaciones y 300 años por medio, pero descendiente al fin— y me preguntaba cuántos de estos diputados lo sabrían. Ese conocimiento, desde luego, no habría cambiado nada: Felipe VI no acudía ante ellos para reclamar el trono de sus antepasados (al que los Borbones españolizados habían renunciado desde la Paz de Utrecht) ni para reiterar el absolutismo de aquel que dijo: “el Estado soy yo”; sino para hacer el elogio de la democracia y para repetir la consigna de “libertad, igualdad y fraternidad” en nombre de la cual los regicidas de la revolución decapitaron a dos de sus parientes (Luis XVI y Felipe de Orleáns).

Esta sencilla ceremonia que los medios de información internacionales consignaron sin excesivo despliegue —en comparación con la renuncia del presidente de la FIFA o del estado de la guerra contra el Estado Islámico—, daba la medida del desarrollo de la idea democrática y de cómo Europa —pese a las guerras atroces que vivió en suelo propio en época reciente y a los experimentos no menos pavorosos del totalitarismo que padeció hasta ayer— vuelve a estar a la cabeza del mundo civilizado frente a esos “suburbios de la historia” (Asia, África y América Latina) donde, salvo algún islote de salud, sigue campeando el despotismo, la corrupción institucionalizada, la violencia y el hambre. (Estados Unidos, Canadá, Australia… son Europa de ultramar).

Hasta el fin del franquismo, muchos querían negarle a España su legítimo lugar en esta civilización, al decir, con marcado desdén, que Europa empezaba en los Pirineos, exactamente lo opuesto de lo dicho por Luis XIV, con inequívoco tono imperialista, al aceptar oficialmente en Versalles el trono de España en nombre de su nieto, el Felipe que antecedió a este: “los Pirineos no existen”.

España nunca pudo ser absorbida por Francia, y cuando ésta lo intentó durante la época napoleónica lo pagó con grandes descalabros; pero tampoco pudo ser escindida del mundo y la cultura a la que pertenecía por derecho propio. Felipe VI ha dicho ahora que “Franceses y españoles somos todos compatriotas europeos” y lo ha afirmado con conceptos que se afincan en el credo de la Ilustración: “somos los hijos del Mediterráneo. Somos los hijos de la razón. Somos los hijos de la libertad que nuestros pueblos conquistaron a lo largo de la historia”. No era menester que explicase que esa libertad se alcanzó, en gran medida, en oposición a la voluntad omnímoda de algunos de sus antecesores ni que las ideas que la hicieron posible han dado lugar a algunas monstruosas aberraciones —el totalitarismo, en definitiva, también es hijo de la razón.

Regocija, no obstante —y conmueve— el encuentro de este rey Borbón con los parlamentarios herederos de aquella primera Asamblea Nacional devenida luego en Convención que derrocó en Francia a los Borbones para engendrar, a un tiempo, la moderna democracia europea y el germen del Estado totalitario. Europa ha tenido, pues, larga andadura y, después de navegar entre tantos escollos, ha llegado a buen puerto. Estos son el mensaje y la lección que pueden derivarse de este evento que muchos podrían considerar intrascendente.

A mí me gustaría explicarlo como sólo puede hacerse por vía de la literatura fantástica: Felipe VI es la encarnación de aquel jovencito de 16 años a quien, de repente, hacen heredero del trono de España (y de su vasto imperio) con la encomienda de fundar una nueva dinastía, y que ahora regresa, más de tres siglos después, a dar cuenta de su gestión, persuadido de que representa una tradición que rebasa cualquier nacionalismo: “Europa ha de reafirmarse con sus principios y sus valores”, ha dicho este rey en París. “No tenemos que acomplejarnos. Europa es portadora de un mensaje universal”.

©Echerri 2015

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