Vicente Echerri

A dos siglos de Waterloo

Soldados vestidos con el uniforme inglés del siglo XIX participan en una ceremonia en la granja de Hougoumont, donde los aliados detuvieron el avance de los franceses en la batalla de Waterloo.
Soldados vestidos con el uniforme inglés del siglo XIX participan en una ceremonia en la granja de Hougoumont, donde los aliados detuvieron el avance de los franceses en la batalla de Waterloo. AFP/Getty Images

BRUSELAS — En esta ciudad y sus alrededores se ha desatado una tormenta inusitada. Para la medianoche del 17 al 18 de junio ha estado lloviendo diez horas seguidas sin parar; sólo que el año no es este en el que estamos, sino 1815 y, en medio del horrible mal tiempo, unos 150,000 hombres se preparan para enfrentarse en lo que ha de ser una de las más sangrientas y decisivas batallas de la historia, la cual ha de librarse en la llanura de Waterloo, a sólo unos 16 kilómetros de la actual capital de Bélgica.

Napoleón I, vencido en 1814 y reducido al minúsculo dominio de la isla de Elba en el Mediterráneo, había burlado la vigilancia de la marina inglesa y desembarcado en Francia el 1 de marzo de 1815 para iniciar una incruenta y vertiginosa campaña de reconquista que le hacía entrar en París apenas 3 semanas después. El gran guerrero hacía una proclama de paz a las naciones y prometía respetar las fronteras reconstituidas de Europa; pero las potencias aliadas, reunidas aún en el Congreso de Viena, no bien se enteraron de su desembarco lo declararon fuera de la ley. No le declaraban la guerra a Francia, porque eso habría sido reconocer la legitimidad del régimen que él encarnaba, sino al usurpador y, de inmediato, Austria, Prusia, Rusia, Gran Bretaña, los Países Bajos y algunos principados alemanes comenzaron una gigantesca movilización bajo el liderazgo del duque de Wellington.

El Emperador, que acaso era sincero en sus proyectos de paz, se veía obligado de nuevo a recurrir a la fuerza y, con su energía habitual, levantaba un ejército de 300,000 hombres. Partidario de que la mejor defensa era el ataque, Napoleón, al frente de unos 100,000 soldados, iniciaba las hostilidades al invadir Bélgica —donde empezaban a concentrarse las tropas aliadas— el 15 de junio. El duque de Wellington —que esa noche asistía a un baile elegante en Bruselas— se quedó sorprendido al enterarse de que el ejército francés estaba prácticamente a las puertas. Bonaparte se presentaba de improviso con la intención de impedir que los contingentes de ingleses y prusianos se unieran para poderlos derrotar a ambos por separado.

Esta táctica empezó a darle resultados cuando, el 16, se enfrentó y venció a los prusianos comandados por el general Gebhard von Blücher en la batalla de Ligny y, más tarde, tuvo un encuentro con los ingleses en Quatre-Bras que resultó indeciso. Wellington, separado por el momento de los prusianos —que habían retrocedido significativamente— decidía enfrentarse a los franceses en el campo de Waterloo que, al cesar la lluvia en la mañana del 18, casi se había convertido en un pantano. En un espacio de 20 kilómetros cuadrados estos ejércitos decidirían el destino de Europa.

Con superioridad en número de hombres y artillería, Napoleón inició la ofensiva a las 11:20 de la mañana con el estruendoso cañoneo de sus baterías. Salvo por un asalto de la caballería inglesa, el principal papel de los aliados, hasta la llegada de los prusianos por la tarde, fue de carácter defensivo, logrando rechazar los constantes asaltos de la infantería y la caballería francesas que se estrellaba una y otra vez contra la firmeza de los infantes aliados formados en cuadros y no obstante el intenso bombardeo de que eran objeto.

A las 7:30 de la tarde, viendo que no lograba romper la resistencia de los aliados y particularmente de los británicos, Napoleón hace avanzar a la Guardia Imperial, la élite de su ejército, que resulta repelida y deshecha. Media hora después, con la activa presencia de 30,000 prusianos en el campo, los franceses inician la retirada que se convierte pronto en fuga, perseguidos por las tropas aliadas que Wellington ha ordenado avanzar a las 8:30.

Así, con un saldo de casi 50,000 bajas mortales, concluye la batalla de Waterloo que le pondrá fin, de una vez y por todas, a los sueños de grandeza napoleónicos. El Emperador abdica nuevamente el día 21 y, el 15 de julio, a un mes exacto de haber iniciado su ofensiva, se entrega a merced de los ingleses, que lo envían como prisionero a la isla de Santa Elena, en medio del Atlántico, donde habría de morir en 1821.

Dos siglos después, al mirar la apacible llanura donde, en el día de hoy, escenificarán (con la presencia de 5,000 extras y cien cañones) un modesto remedo de la batalla, cuesta trabajo creer que fuera el escenario de esa pavorosa carnicería que serviría para preservar —con breves y no tan significativas interrupciones— el orden y la paz de Europa hasta 1914.

©Echerri 2015

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