Vicente Echerri

El impresentable Pablo Iglesias

Es posible que Pablo Iglesias —líder y cara más visible de Podemos, formación radical de izquierda que apareció en el ámbito político español el año pasado y cuyo auge inicial ha empezado a menguar— se duche todos los días como hace la mayoría de los españoles en la actualidad, pero en verdad no lo parece. De lejos, la melena abundosa y recogida en coleta de hippie trasnochado tiene una apariencia pringosa (al menos en la televisión) y en el resto de su persona y de su atuendo predomina un aire de desaliño que instintivamente se identifica con la falta de higiene, con la marginalidad zafia. El chico se expresa con elocuencia —donde no faltan conocidos énfasis de la izquierda tradicional, desde luego— y ha sido profesor de ciencias políticas y presentador de televisión, pero su imagen desastrada se sobrepone a sus palabras, una imagen que en personas como yo convoca la necesidad de jabón y tijeras.

Esa imagen, que supera su discurso y forma parte de él, es a un tiempo natural y estudiada: genuina, me parece a mí, pero acentuada deliberadamente para identificarse con un sector de la ciudadanía que se viste y se comporta de la misma manera y que, llevada al escenario político, se convierte en un statement—como suele decirse en inglés—, en una manera de posicionarse frente a la clase política que sigue las reglas de la tradición. Iglesias y su bando de facinerosos quieren dinamitar el establishment e intentan empezar a hacerlo no sólo con un lenguaje de barricada que recuerda a Hugo Chávez y a Evo Morales, sino también con la figura: populismo del más crudo, el que consigue que la palabra pueblo, tan respetable y dulce, suene mal y se confunda con una ola de asaltantes desarrapados.

Podría entenderse en algún momento —digamos hace un par de años, cuando no se vislumbraba en España una salida de la crisis y la gestión positiva del gobierno parecía invisible e inmovilizada— que un sector notable de la población mostrara su frustración con los políticos tradicionales, a quienes, con mayor o menor justicia, acusaba de ineptos y apañadores de la corrupción. Uno percibía entonces un estado de cólera entre la gente —electores que acaso votaron por el Partido Popular en las elecciones de 2011— que afloraba a la menor provocación. Estaban furiosos de que la prosperidad de que habían gozado durante muchos años se hubiera esfumado y un gran porcentaje se enfrentara a un horizonte de desempleo y carencias.

Los que están en el poder siempre pagan por no hacer milagros y el gobierno de Mariano Rajoy no ha sido una excepción, pero su administración —como ya han empezado a demostrar las cifras— ha sido rigurosa y eficaz, independientemente de los casos de corrupción que se hayan destapado contra algunos de los barones de su partido. Los populares han gobernado bien y ya se ven los frutos. Esto explica que el mensaje radical de Podemos haya perdido pertinencia y que su formación muestre una tendencia a la baja, pero todavía constituye una amenaza que la sociedad organizada no debe despreciar:

Pablo Iglesias es la encarnación de una propuesta que ha probado una y otra vez su carácter desastroso y falaz fundado en promesas de logros desmedidos e inalcanzables y de castigos y revanchas contra la bête noir a quien responsabilizan de todas las calamidades sociales: el capitalismo, la clase empresarial que, por el contrario, ha demostrado que es el único grupo social capaz de generar riqueza y de procurar el desarrollo económico en cualquier sistema político en el que le permitan operar.

Los españoles, que pasaron por el fiasco de una república roja y por el duro trago de una dictadura fascista —aunque muchos ya no se acuerden—, deben rechazar por ilusa y demagógica esta plataforma política desaforada de Podemos y sus dirigentes que, de llegar a aplicarse —aunque fuese sólo a medias— traería para España, y particularmente para su clase media e incluso para los obreros, calamidades sin cuento.

La moderación —que en Europa se ha llegado a alcanzar luego de muchos años de consenso— es la política real; las propuestas radicales no son más que aberraciones recurrentes contra las cuales la sociedad tiene que apercibirse y así también contra sus enfáticos promotores. Por su discurso radical y su porte de agitador callejero, Pablo Iglesias merece una rechifla que lo acabe de poner desinflado en su lugar y después, por su propio bien, un buen barbero.

© Echerri 2015

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