Vicente Echerri

VICENTE ECHERRI: Momento de no variar el rumbo

Si el embargo económico de Estados Unidos contra la Cuba de Castro es responsable de la precariedad de esa sociedad comunista y de su crisis permanente por más de medio siglo —como el régimen cubano no cesa de denunciar—, tendríamos que reconocer que ese instrumento de la política estadounidense, lejos de ser inútil, como muchos de sus críticos arguyen, ha sido extraordinariamente eficaz. En consecuencia, no hay razón alguna para levantarlo o atenuarlo, y mucho menos para contemplar la reanudación de relaciones diplomáticas con ese estado fallido, tal como propuso con gran énfasis y entusiasmo el New York Times en su principal editorial del domingo pasado.

Este embargo —impuesto originalmente como castigo por la masiva confiscación de propiedades de estadounidenses al comienzo de la revolución, y el cual ha sido bastante erosionado por diferentes administraciones— existe, en primer lugar, como un precio que Cuba —gobierno y pueblo por igual, desafortunadamente— tiene que pagar por la desvergonzada supresión de la democracia. En otras palabras, el levantamiento del embargo, tal como quedó consagrado en la llamada Ley Helms-Burton, dependerá de la restauración de la democracia en Cuba (pues los cubanos tuvimos democracia antes de la revolución, pese a breves brotes dictatoriales) y, en segundo lugar, para subrayar la ilegitimidad de ese régimen que ha usurpado la voz de Cuba y las libertades de los cubanos durante tantos años. En un distante tercer lugar, el embargo es una palanca otorgada amablemente al exilio cubano por el gobierno de Estados Unidos para respaldar nuestra agenda de retorno y restitución.

Por tanto, no hay motivo, en este momento —cuando Raúl Castro, como reacción a un fracaso administrativo, ha liberado algunas áreas de la economía, particularmente en el terreno de la pequeña empresa, y ha levantado la mayoría de las restricciones de viaje— a cambiar una política que ha sido exitosa y que ha producido sus frutos. Un embargo como el impuesto a Cuba por EE.UU. es incapaz, por sí mismo, de derrocar a un régimen totalitario. Tales cambios ocurren como resultado de una implosión, como sucedió en la Unión Soviética, o gracias a un poderoso empeño militar, como el caso de Irak. El embargo estadounidense hacia Cuba sólo existe para resaltar la ilegitimidad y acentuar la inestabilidad del régimen cubano, a la espera de la convulsión interna o del empuje externo, o de ambas cosas.

Reconocer a la tiranía castrista luego de una enemistad de más de 50 años, llegando incluso a los lazos diplomáticos formales, equivale, por parte de Estados Unidos, a una rendición incondicional, amén de un pobre servicio a la causa de la democracia, en Cuba y en todas partes. La supervivencia de un régimen político no debe ser una prueba de su legitimidad ni de su derecho a existir. Los crímenes contra una nación no prescriben, o al menos no deben prescribir. El pueblo cubano merece disfrutar de libertad, no de una simple mejoría de su nivel de vida mediante un aggiornamento fascista —tal como en China y Vietnam— con la ayuda económica y política de Estados Unidos.

Una buena respuesta a esta receta de acomodo puede encontrarse en los primeros dos párrafos de una columna de opinión acerca de China (“Getting Real About China” por Wesley K. Clark) publicada casualmente en el mismo número del New York Times donde apareció el editorial que mencionábamos arriba, y donde el autor afirma que la política de “colaboración constructiva” con China no condujo “a mayor apertura y democracia”, como se había creído, más bien, dice él, “sucedió lo contrario”.

A los cambios políticos, tales como los ocurridos en Europa Oriental, suelen seguirles, casi inmediatamente, radicales cambios económicos; pero la inversión de estos términos no produce los mismos resultados; antes bien, el estímulo económico en una sociedad comunista centralizada da lugar a un estado fascista, como ha sucedido de manera paradigmática en China. Creo que aún somos muchos en este exilio —y también en la isla— que no queremos un destino fascista para Cuba.

Como cubano exiliado (no mero inmigrante económico) aspiro a la libertad política para mi patria, no a “reformas” cosméticas en que la opresión se vea lubricada por el reconocimiento de EE.UU. y financiada con dinero de este país. Pedir la normalización de las relaciones cubano-americanas, como un camino para producir cambios genuinos en ese régimen, no pasa de ser una muletilla de izquierda o una muestra de desaforado optimismo.

© Echerri 2014

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