Vicente Echerri

Un mundo para todas las criaturas

Rachel Augusta lidera la protesta por la muerte del león Cecil a manos del Dr. Walter Palmer, un dentista de Minnesota aficionado a la caza por deporte y quien pagó $50,000 por matar al león de 13 años.
Rachel Augusta lidera la protesta por la muerte del león Cecil a manos del Dr. Walter Palmer, un dentista de Minnesota aficionado a la caza por deporte y quien pagó $50,000 por matar al león de 13 años. Getty Images

La muerte de Cecil, un amistoso león de Zimbabue, a manos de un dentista estadounidense que pagó $50,000 por el solo placer de cazarlo y de traerse luego la cabeza del felino como un trofeo, ha producido una reacción colérica en el mundo que ha saturado los noticieros y las redes sociales: en menos de una semana, una carta que pedía el castigo del culpable y la protección de otros congéneres de la víctima sobrepasaba el millón de firmas. A la mayoría de los firmantes les parecía obsceno que, en un mundo de tantas carencias, alguien pagara tal cantidad de dinero por el simple placer de matar a una criatura tan hermosa como un león. Desde que se supo la noticia, el cazador aficionado no ha reabierto su consultorio dental a cuya puerta se amontonan leones de peluche que recuerdan su crimen.

Sorprende positivamente como ha aumentado en pocas décadas la conciencia de esta fraternidad con las otras especies que pueblan nuestra tierra. La legislación pro derechos humanos, tan precaria aún, y tan agredida en tantos lugares del mundo, encuentra una legítima extensión en la defensa de los animales y del hábitat en que todos vivimos. La soberanía que el Dios bíblico le concede al hombre sobre el resto de la creación ha dejado de ser irrestricta y ahora se puebla de deberes y cautelas. Se trata, más bien, para decirlo en jerga religiosa, de una mayordomía responsable que no puede asentarse en el expolio indiscriminado del medio ambiente ni en el exterminio insensible de las criaturas que lo habitan.

Esta conciencia de que compartimos el planeta con muchos otros seres que merecen nuestro respeto y nuestro aprecio es relativamente reciente como tendencia social. Hasta hace medio siglo era usual ver en la prensa las fotos de celebridades junto a alguna gran pieza de caza mayor: león, tigre, elefante, rinoceronte… Matar estos animales, que ya entonces eran escasos, tenía todavía un glamour y le otorgaba al cazador una aureola heroica. No creo que sea exagerado decir que, en el imaginario colectivo, Ernest Hemingway estaba más asociado a sus fotos de caza que a sus novelas. Los safaris en África eran parte de la iniciación social de la clase alta en Gran Bretaña y en Estados Unidos, no muy distinto del grand tour de Europa, una suerte de peregrinación cultural que llevaba a los ricos del mundo anglosajón a visitar los sitios emblemáticos del viejo continente. Matar un tigre o un león, y luego usar la piel de alfombra era algo de lo cual presumir. Ya no es posible.

En cuestión de pocos años nos hemos hecho más sensibles y más responsables hacia la vasta familia que nos acompaña en la aventura de la vida. No estamos por convertirnos en vegetarianos, al menos no la mayoría; seguimos matando animales por millones (vacas, ovejas, cerdos, gallinas, peces…) pero lo hacemos por la simple necesidad de vivir, lo cual nos sitúa a la cabeza de los depredadores omnívoros. Lo que cada día parece menos admisible es matar por el mero deporte de la sangre, por el sádico placer de hacer blanco (muchas veces desde la precisión a distancia que brinda una escopeta de mira telescópica) en un animal del que no vamos a alimentarnos y que ultimamos con injustificable alevosía.

Esta conciencia, de que estábamos huérfanos hasta hace unos años, ciertamente nos hace mejores, al tiempo que nos impone nuevos y más amplios deberes hacia la naturaleza en pleno y hacia todos los que habitan en ella, los cuales adquieren, así mirados, el rango de compañeros, de convivientes de la casa común.

Circula ahora mismo la noticia de que tres de las principales aerolíneas de Estados Unidos han prohibido el transporte de trofeos de caza en sus aviones, casi al mismo tiempo que se pronuncian en varios municipios de España contra las corridas de toros (una rémora de tiempos bárbaros, si alguna hay). Señales, a que dudar, de que, pese al profundo atraso y al pavoroso sufrimiento que padecen tantos millones de seres humanos en el mundo, la civilización va fijando sus reglas.

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