Vicente Echerri

El clamor de Palmira

“…Hallándome cerca de Palmira, situada en el desierto, resolví reconocer por mí mismo sus ponderados monumentos: al cabo de tres días de marcha en las soledades más áridas, habiendo atravesado un valle lleno de grutas y de sepulturas, observé repentinamente, al salir de este valle, una inmensa llanura con la escena más asombrosa de ruinas colosales; era una multitud innumerable de soberbias columnas derechas, que, como las alamedas de nuestros jardines, extendíanse hasta perderse de vista en filas simétricas y hermosas. Entre estas columnas había grandes edificios, los unos enteros, los otros medio destruidos. Por todas partes estaba el terreno cubierto de cornisas, de capiteles, de fustes, de pilastras todo de mármol blanco, y de un trabajo exquisito…”

Así describía el conde de Volney —francés de la Ilustración— su encuentro con estas ruinas colosales del desierto de Siria que los fanáticos del llamado Estado Islámico han ocupado y han empezado a destruir sin que los gobiernos capaces de impedir este crimen de lesa cultura —con sus ejércitos, que cualquier otra acción diplomática y política sobra ahora mismo— se muestren lo bastante ofendidos para ir más allá de una tibia condena o de un débil regaño a la chusma musulmana que, poseída de un celo religioso bárbaro, agrede como una plaga estos inapreciables tesoros de la antigüedad.

Vienen haciéndolo desde hace meses: en Mosul, en cuyo museo arqueológico destruyeron estatuas de dioses —reliquias de otra época que en la actualidad nadie venera— aduciendo que eran testimonios de cultos idolátricos; lo mismo hicieron en Nínive, la última capital de un imperio —el asirio— que dominó todo el Oriente Medio y nos legó extraordinarios monumentos; y ahora han empezado a hacer lo mismo en Palmira. Este domingo se difundían las imágenes de la voladura del templo de Baalshamín, una auténtica joya, días después de que decapitaban a Khaled al-As’ad, el arqueólogo de 82 años que había dedicado su vida a la preservación de estas ruinas y a quien acusaban de no haber querido revelar a los yijadistas donde había escondido algunas piezas valiosas para protegerlas de la destrucción o del expolio (estos facinerosos no sólo destruyen las obras de arte del pasado, sino que también las venden en el mercado negro a fin de obtener fondos para su proyecto de dominación).

Las democracias occidentales llevan un año combatiendo al Estado Islámico desde el aire con escaso éxito. Como ya demostró la guerra de Vietnam de manera mucho más fehaciente, los bombardeos aéreos, por intensos y masivos que sean, no bastan para garantizar el éxito de una operación militar. Hasta el día de hoy, nada puede sustituir la eficacia de los soldados sobre el terreno y, además, estos soldados, si han de enfrentarse a una fuerza irregular o de guerrillas, deben ser abrumadoramente superiores en una proporción de 10 a 1. Sólo una acción de esta índole puede garantizar la extirpación de un fenómeno tan maligno e infeccioso como el EI. La paz regional y la seguridad del mundo exigen un remedio que la OTAN está llamada a administrar con la aprobación de las Naciones Unidas o sin contar con ella.

La inestabilidad que la militancia yijadista ha venido a acentuar en el Oriente Medio y que se replica, como una metástasis, en el norte de África, particularmente en Libia, ha provocado una migración de proporciones colosales hacia las costas de Europa que empieza a superar todas las previsiones y que exige, como contramedida, la forzosa intervención militar en los territorios en conflicto si se quiere frenar una estampida que no parece tener precedentes más que en los desplazamientos de pueblos que inundaron las fronteras del imperio romano al final de la era antigua. No hay que olvidar que estas “invasiones” fueron el resultado de guerras y movimientos expansionistas que empujaron o pusieron en fuga a naciones enteras de sus tierras ancestrales.

Así pues, la amenaza, por una parte, a unas ruinas milenarias casi deshabitadas, pero que pertenecen al acervo de toda la humanidad, y la huida frenética de grandes segmentos de población son dos caras de una misma crisis que, en consecuencia, exigen idéntica respuesta: la pacificación forzosa de los territorios en conflicto. Lo demandan los rostros desesperados de los migrantes que llegan a las costas de Europa procedentes de Siria y de Libia; nos lo piden también los desolados monumentos de una ciudad antigua en peligro de desaparecer.

©Echerri 2015

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