Vicente Echerri

Dos hombres de Iglesia, uno solo de Dios

En este mes que está por terminar han fallecido dos clérigos protestantes cubanos de bastante relieve: el obispo episcopal Onell Soto y el pastor y profesor presbiteriano Sergio Arce. Sus semejanzas casi acaban aquí, ambos epitomizan de algún modo la tragedia y profunda escisión que ha vivido nuestro pueblo bajo el ya largo régimen castrista. El obispo Soto muere en el exilio, en el que vivió por más de medio siglo y donde realizó toda su carrera; el profesor Arce termina sus días en Cuba, con el infame privilegio de haber sido apologeta y cómplice de la tiranía que sojuzga a su patria. No podría pensarse en dos destinos más distintos.

Soto era un joven estudiante de medicina que optó por el exilio en 1960 ante el sesgo totalitario que adoptaba la revolución. Arce abandonó su cátedra en Estados Unidos y regresó a Cuba para uncirse al “carro de la revolución” como un cooperante activo desde el terreno de la fe, justificando sin fisuras los desmanes y persecuciones que sufrían sus hermanos de religión y toda la ciudadanía. Soto fue, sobre todo, un comunicador y un pastor, que nunca estuvo ajeno a los graves problemas sociales y políticos que afligían a los países en donde sirvió y de los cuales se hizo eco en las distintas publicaciones y servicios de prensa que fundó y difundió. Arce puso su saber y su credo en un Dios bíblico en defensa de una gestión que ha envilecido a los cubanos hasta lo irreconocible y de una ideología que ha propagado por el mundo la miseria y el crimen.

Supe de Onell Soto la primera vez cuando me invitó a escribir una nota para el boletín Rápidas que había fundado poco antes en El Salvador, donde residía como secretario ejecutivo de la IX Provincia de la Iglesia Episcopal. Más de 40 años después no puedo recordar sobre qué fue mi breve comentario que él puntualmente publicó. En ese tiempo yo era estudiante del Seminario Evangélico de Teología y tenía entre mis profesores al Dr. Arce, que también era el rector del seminario. He ahí, curiosamente, como estos dos hombres inciden en mi vida. Para entonces, Arce ya se esforzaba en armar esa fabricación teórica —que nunca habría de cuajar en obra fundamental— que él llamaría “Teología de la Revolución”: un paso más allá de la Teología de la Liberación y que definía la revolución marxista en el poder como la concreción más genuina del pensamiento cristiano, el totalitarismo comunista como primicia o adelanto del Reino de los Cielos.

Tanto desde la secretaría ejecutiva de la IX Provincia, como de encargado de Información y Educación de la Misión Mundial de la Iglesia Episcopal, con sede en Nueva York, Onell Soto viajó extensamente en quehacer de acercamiento y de servicio. Esto fue en las décadas del setenta y del ochenta del pasado siglo, en las que también el Dr. Arce viajó mucho, sobre todo en representación del Movimiento Cristiano por la Paz, del cual fue uno de sus dirigentes, una de las tantas organizaciones montadas por el comunismo soviético con ayuda de sus satélites sin otro fin que debilitar la voluntad de Occidente, y que a él le sirvió de plataforma para continuar su abyecta campaña propagandística a favor de los capos de Cuba. El régimen le pagó con un escaño en ese parlamento de pacotilla que es la Asamblea Nacional del Poder Popular, un cónclave de cipayos que sesiona muy pocos días al año para apoyar, sin discrepancias, los dictámenes del poder real. Desde ese puesto de deshonra siguió estirando y trenzando su viejo discurso de obsecuencia a un despotismo impresentable, el mismo que exponía en sus ensayos: fragmentos de un solo texto, salpicado con términos griegos, que recicló hasta la fatiga. En esos años, Soto sirvió como obispo diocesano de Venezuela y luego como obispo auxiliar de Atlanta y Alabama, sin abandonar su vocación de comunicador, de periodista cristiano, que, después de su jubilación, ya en este siglo, reafirmó en su columna semanal Rapídisimas —de extensa difusión— que se mantuvo escribiendo casi hasta última hora.

Onell Soto falleció rodeado por la hermosa y noble familia que él y su esposa levantaron. De él puede decirse que fue, sobre todo, un hombre bueno, que es el mayor elogio que puede tributarse a un muerto, un auténtico hombre de Dios. Sus honras fúnebres tendrán lugar en Miami el próximo fin de semana. Siento sinceramente no poder acompañar a los suyos en esa despedida. Los funerales de Sergio Arce tienen lugar mientras escribo esta nota. Me alegraría saber que su final —como corresponde a los traidores a las causas más santas— haya sido vergonzoso y atroz.

©Echerri 2015

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