Vicente Echerri

VICENTE ECHERRI: Encrucijada de la democracia

Si algo viene a confirmar el acto terrorista de este miércoles en Ottawa, es lo vulnerable que sigue siendo la sociedad democrática frente a estos asaltos, sobre todo cuando responden a la iniciativa de individuos aislados, o “lobos solitarios”, como suelen llamarlos, desde hace un tiempo, los cuerpos policiales.

El joven soldado, Nathan Cirillo —que, vestido con la falda de tartán escocés y la chaqueta de gala de su regimiento, montaba guardia junto al Monumento Nacional a los Caídos en Guerra—, no vio venir a su agresor, que se le acercó por la espalda y le hizo un disparo a unos cuatro pies de distancia; pero si lo hubiera visto, el fusil que tenía en las manos le hubiera servido de muy poco, pues tenía un carácter puramente ceremonial y, en consecuencia, estaba descargado.

No satisfecho con este atentado, cometido en pleno día en el mismo centro de la capital del Canadá, el terrorista —que respondía al nombre de Michael Zehaf-Bibeau— subió de nuevo al auto en el que andaba, se acercó, sin que nadie lo detuviera, a la entrada del Parlamento y penetró en el edificio disparando a discreción casi hasta la puerta del salón donde, en ese momento, se encontraba reunido el Primer Ministro sin sus guardaespaldas. Sólo la intervención del Sargento de Armas (el jefe de los ujieres de la Cámara) que logró ultimar al atacante le puso fin al escandaloso incidente. El terrorista muerto tenía antecedentes penales y estaba gestionando un pasaporte para, al parecer, viajar al Oriente Medio a unirse a los extremistas del Estado Islámico.

La noticia, escuetamente resumida, destaca una serie de deficiencias: descuido en el rastreo de un individuo que por su perfil —delincuente, musulmán y, en alguna medida, marginal— puede ser potencialmente peligroso; falta de vigilancia policial en un lugar céntrico; guardias ceremoniales que llevan fusiles descargados; acceso libre a la sede del Parlamento y jefe del gobierno sin guardaespaldas. El saldo no resultó más trágico de milagro. Uno no podría explicarse esos descuidos, como no podría entender que en la terraza del Pentágono (el centro neurálgico del poder militar de Estados Unidos) no hubiese al menos un guardia con un lanzamisiles que, el 11 de septiembre de 2001, hubiese derribado a tiempo al avión de pasajeros que se acercaba.

A los canadienses les han dado una lección a poco costo, que esperemos aprendan y les sirva para tomar medidas precautorias, la cuales nunca podrían garantizar la tranquilidad total, ya que esa tranquilidad exigiría la supresión de las mismas libertades que se defienden: el establecimiento de un Estado totalitario donde se controle hasta el pensamiento. La paz pública no puede pagarse a ese precio.

No obstante, la ciudadanía, ante el aumento del peligro, se ve forzada a un compromiso, en el cual acepta el menoscabo de ciertas libertades a cambio de mayor seguridad, y es triste que eso ocurra, pero inevitable: cualquier sociedad que se sienta amenazada no dudará en acrecentar los fueros de quienes la protegen, de suerte que en esta guerra mundial contra el terrorismo, si tendiera a incrementarse o a extenderse, terminaríamos por acercarnos, en algunos métodos, al mismo enemigo al que queremos derrotar (y ya hemos tenido una buena muestra en los campos de detención indefinida y en las prácticas de torturas que las autoridades de Estados Unidos han condonado o consentido).

De prolongarse este conflicto —que, aunque de baja intensidad, se libra ya en muchos escenarios— las libertades que atesoramos, defendemos y propagamos se verán sensiblemente reducidas a petición de los propios ciudadanos, y si llegaran a producirse nuevos actos terroristas de la magnitud de los del 11 de septiembre, la islamofobia llegaría al punto en que las mezquitas se verían clausuradas y los practicantes de esa fe expulsados o encerrados en campos de internamiento, como ocurrió con los japoneses durante la segunda guerra mundial.

Desafortunadamente, no pareciera que hay alternativas. Si la democracia se mantiene fiel a sí misma sin ceder se hace muy vulnerable ante un enemigo despiadado, como es el fundamentalismo musulmán, que lucha por la destrucción de nuestro sistema de valores; pero, si por el contrario, se robustece para librar esa contienda, afectará necesariamente ese mismo sistema de valores que defiende. La opción no podría ser más dura.

©Echerri 2014

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