Vicente Echerri

Identidad y estabilidad en el Mediterráneo

Hace un cuarto de siglo, la foto de unos soldados húngaros que desmontaban la alambrada fronteriza con Austria me inspiró a escribir un poema. La foto, sin duda, era emblemática, simbolizaba el fin del opresivo encierro que habían padecido los pueblos de Europa oriental bajo las tiranías comunistas. El continente donde surgió nuestra civilización volvía a vivir en familia, y eso lo ha conseguido bastante bien si obviamos el genocidio de los Balcanes y el incordio y la rapacidad más reciente de Rusia. De fronteras adentro, los europeos han disfrutado de una época de indiscontinua libertad y, casi permanente, de prosperidad (el casi es por la crisis que ha afectado a algunos países en los últimos años) en el tiempo transcurrido desde que se desplomó el telón de hierro.

Ahora, los servicios de prensa nos traen fotos de las alambradas que han vuelto a levantar los húngaros en sus límites con Serbia y uno no puede dejar de sentir pena por lo que parece un retroceso, aunque esta vez no lo hayan hecho por impedir la salida de sus ciudadanos (tal como hacían los rojos), sino para frenar el arribo de miles de refugiados que, provenientes de Siria (y algunos de Irak, de Yemen y hasta de Afganistán) fluyen incesantemente, como un río, desde el sur.

Curiosamente, húngaros y refugiados coinciden en un punto: los primeros no quieren que se queden en su territorio y los últimos no desean quedarse. Hungría es tan sólo una estación de tránsito, como antes lo ha sido Turquía, Grecia, Macedonia y Serbia. La mayoría aspiran a llegar a los países más ricos de la Unión: Alemania, Gran Bretaña y Suecia, pasando antes por Austria, donde tal vez algunos se reasienten. De todos estos países, Alemania atrae como un imán, imagen que Angela Merkel se encargó de robustecer hace unos días cuando reafirmó la voluntad de acogida de su gobierno y del pueblo alemán. Los refugiados ya se han enterado y algunos de los que marchan a pie llevan al cuello carteles con el retrato de la canciller alemana, a quien han empezado a llamar “Mami”.

Sin embargo, los países de la UE están en conversaciones para compartir el peso de esta inmigración con cuotas proporcionales, iniciativa que húngaros y eslovacos, checos y polacos han rechazado hasta ahora. Algunos líderes europeos se han pronunciado a favor de detener el flujo masivo de personas; entre ellos se destaca el ultraconservador primer ministro de Hungría Viktor Orbán, quien opina que esta migración puede alterar la fisonomía racial y cultural de Europa y poner en peligro los valores cristianos del continente. Otros abogan por darle acogida a estos miles de refugiados que huyen de la violencia, precisamente como deber de solidaridad a que obliga la conciencia cristiana de Occidente. Donald Tusk, el presidente del Consejo Europeo, subrayaba, en respuesta a los comentarios de Orbán, que “el cristianismo en la vida pública y social significa un deber hacia nuestros hermanos necesitados”.

Ahí tenemos, en breve, la disyuntiva a que se enfrenta ahora mismo la política europea ante esta crisis migratoria que congestiona las fronteras de varios estados al tiempo que plantea un grave problema de conciencia: entre la preservación de un perfil racial, cultural y religioso que un flujo interminable de inmigrantes pone en peligro, y la obligación caritativa de abrirles las puertas a los que han abandonado patria y hogar para escapar del hambre, la persecución y la muerte.

Los que alguna vez decidimos dejar nuestro país, aunque fuese en circunstancias menos dramáticas, conocemos lo arduo y triste que es el desarraigo para no sentir simpatías hacia esa humanidad sufrida, hambrienta y expoliada que llega ahora mismo a las costas de Europa en busca de esperanza, con la ambición de adquirir —o de recobrar si alguna vez la tuvieron— su condición de personas. Y, al mismo tiempo, no podemos dejar de reconocer el riesgo que entraña esa migración —potencialmente, al menos en esta etapa— que trae consigo sus supersticiones y el atraso político y social de sus tierras de origen.

Los gobiernos de Europa tienen que responder a este reto con firmeza y con caridad: reasentando a estos fugitivos entre todos los países de la Unión y atacando —con todos sus recursos— las causas de este éxodo en sus zonas de origen. La estabilidad de la costa sur del Mediterráneo y de países aun más distantes es vital —como tantas veces en la historia— para la identidad de los que viven al norte de sus aguas.

©Echerri 2015

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