Vicente Echerri

Isabel II, roca de la estabilidad

Hoy 9 de septiembre (ayer, por el tiempo en que circule esta columna) la reina Isabel II se ha convertido en el monarca que por más tiempo ha reinado en Inglaterra, desde que esa nación empezara a adquirir una fisonomía en la época de Alfredo el Grande. La más larga hoja de servicios al frente de ese Estado en los últimos doce siglos es digna de nota, y no sólo como curiosidad para el Libro de Récords Guinness.

Hasta hace sólo un día esa distinción le había correspondido a la reina Victoria, que le diera nombre a una época de esplendor que coincidió con el auge del imperio británico: inmenso conglomerado que abarcaba un cuarto de las tierras del mundo y un cuarto de su población. A su tataranieta, en cambio, le tocó una era de contracción y de repliegue, el tiempo en que ese vasto imperio se deshacía para dar lugar a una muchedumbre de países, si bien es cierto que la ruptura fue incruenta en la mayoría de los casos y que a Isabel II la reconocen como jefa 14 de esos nuevos estados.

Sin embargo, a este largo reinado no le han faltado grandes crisis y desafíos, políticos, sociales, económicos, propios de una nación que, en relativamente pocos años, vio sensiblemente mermados su influencia y su poderío y que, al mismo tiempo, seguía teniendo un puesto entre las grandes potencias, era la primera aliada de Estados Unidos en sus empresas bélicas y mantenía un asiento privilegiado en el Consejo de Seguridad de la ONU, un puesto que algunos críticos pensaban que ya no merecía.

Cuando Isabel II subió al trono en el ya lejano febrero de 1952, Gran Bretaña no acababa de reponerse aún de los estragos que le dejara la segunda guerra mundial y, al mismo tiempo, se encontraba enfrascada en el conflicto de Corea y a punto de enfrentar la rebelión de los mau-mau en Kenia, que no sería sofocada hasta 1958. Por el medio estaría la crisis de Suez en 1956 y todo el período de descolonización que, si bien se libró sin sangre en casi todos los casos, no dejó de ser traumático. En poco tiempo, la Mancomunidad Británica de Naciones, nacida en 1950, sustituía al Ministerio de Colonias y la Reina, dispuesta a desempeñar el papel que de ella se esperaba, no titubeó en convertirse en la cabeza visible de ese conglomerado, disímil y precario por naturaleza, que, sesenta y cinco años más tarde, cuenta una historia de éxito.

Después vendrían las convulsiones sociales de la década del 60 —que hay que juzgar en el marco del enfrentamiento que impuso a todos la guerra fría—, la guerra de las Malvinas, el largo conflicto en Irlanda del Norte salpicado por las acciones terroristas del IRA, aún no resuelto cuando la primera guerra del Golfo y del cual se pasó, casi sin solución de continuidad, al enfrentamiento con el yijadismo terrorista. A estos vaivenes habría que agregar la propia crisis de la monarquía, cuestionada por muchos en medio de los escándalos que protagonizaron algunos miembros de la familia real en las décadas del 80 y del 90.

A todos estos retos, Isabel II respondió con disciplinado decoro (rara virtud en nuestros tiempos), haciendo lo que se esperaba que ella hiciera: abriendo parlamentos, firmando decretos, haciendo visitas de Estado (166 países, algunos de ellos más de una vez); inaugurando escuelas, hospitales, centros deportivos, instituciones científicas… (a razón de más de 600 de estos compromisos por año); presidiendo, como jefa suprema de las Fuerzas Armadas, desfiles militares y botaduras de barcos; recibiendo a los embajadores extranjeros, condecorando a los valientes y a los hombres y mujeres ilustres, honrando, una y otra vez, a héroes y mártires… En esta inacabable tarea al servicio de su país esta mujer menuda se acerca a los noventa años en medio del amor y el reconocimiento de los suyos que en ella reconocen la mejor encarnación de sus ideales patrios. Por eso el primer ministro David Cameron decía este miércoles —en una sesión especial de la Cámara de los Comunes en tributo a la soberana por haber alcanzado este otro hito de su ilustre carrera— que ella era “la roca de la estabilidad”.

Aunque la ocasión dio lugar a varias celebraciones, la Reina no le dio especial importancia cuando, al tiempo de inaugurar una línea de ferrocarril en Escocia, dijo que llegar a este día no era algo a lo cual hubiera aspirado, si bien agradeció los muchos mensajes de felicitación y afecto recibidos. “Que reine muchos años” (Long may She reign) dice la letra del himno nacional británico (que se canta en honor del monarca y que varía ligeramente si éste es hombre o mujer). En Isabel II se ha cumplido ejemplarmente este anhelo.

©Echerri 2015

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