Vicente Echerri

ViICENTE ECHERRI: Vigencia y reto del exilio

Para los cubanos del exilio —palabra amarga y dulce a un tiempo; amarga porque resalta el extrañamiento del país que amamos; dulce, porque reafirma nuestra fe en el fin del oprobio— cualquier acercamiento entre Estados Unidos y el régimen de los Castro, cualquier acto de parte del gobierno de este país que se encamine a legitimar al espurio gobierno del otro, la menor avenencia en pro de la “normalización” de relaciones entre ambos estados ha de provocar siempre nuestro rechazo rotundo y visceral.

Esta actitud nos ha ganado el calificativo de extremistas y radicales de parte de nuestros enemigos y críticos, y tal vez lo seamos, si por extremista se define a quien no se aviene con los términos medios, y si por radical entendemos, en su sentido literal, como bien lo señalara Martí, “el que va a la raíz”. Para escándalo de los que aquí se llaman impropiamente “liberales”, de los consumidores de gastadas consignas de izquierda, de los simpatizantes nostálgicos del “experimento” cubano, de mercaderes oportunistas que ven en Cuba una plantación para ser explotada, nosotros todavía aspiramos al derrocamiento del castrismo, aunque muchos se hayan quedado en el camino y muchos hayamos envejecido en esa aspiración. El fracaso que distingue la vida socioeconómica de Cuba y la chapucería de su gestión política sirven a diario para robustecer nuestra fe y para darnos la razón.

Los defensores del castrismo a veces se muestran desesperados. La más reciente muestra de esa inquietud ha salido a relucir en el periódico más influyente de la tierra: The New York Times le ha dedicado en las últimas semanas cuatro editoriales al tema de Cuba, a la necesidad de que Estados Unidos arregle sus diferencias con este vecino díscolo y reconozca su existencia con plenas relaciones diplomáticas. Al parecer la duración de una tiranía es suficiente prueba de legitimidad. Nosotros, los que nos sentimos y nos definimos como exiliados de ese país que usurpó una mafia crapulosa, no encontramos ninguna razón para una propuesta que, en el más inocente de los casos, es frívola, cuando no malvada.

Entre los nuestros, la pregunta más lógica y común es ¿a qué responde esta campaña a favor del reconocimiento del castrismo? ¿Qué lobby empuja en la sombra estos editoriales? ¿Es la invariable simpatía de una izquierda light e irresponsable por el hombre que tuvo la audacia de enfrentarse a Washington, o mueven a este periódico, como una marioneta, los hilos de poderosos intereses que aspiran sabe Dios a qué cuantiosas inversiones sin tener en cuenta la libertad de los cubanos?

Como en tantos otros casos, puede haber una conjunción de factores. Lo que resulta obvio es que se trata de una iniciativa orientada a imponerle una agenda al presidente Obama que, al mismo tiempo, excluya o limite la influencia que nuestro exilio pueda tener en la política de Estados Unidos hacia Cuba. ¿Permitiremos pasivamente que esto suceda al tiempo que se nos caricaturiza y se desvirtúan maliciosamente nuestros anhelos y nuestras posiciones?

No dudo de que la respuesta unánime de los cubanos que nos sentimos exiliados —que estamos aquí para volver, que aspiramos a recobrar nuestro país por muy ciudadanos americanos que podamos ser— es que debemos contrarrestar esta ofensiva propagandística con todos los medios a nuestro alcance. Hasta ese punto, todos estamos de acuerdo. Ocurre que los medios no son muchos.

Aunque han circulado varias respuestas, tanto en español como en inglés, la posición del exilio cubano no ha encontrado la difusión que merece, sencillamente por falta de recursos. A pesar de que nuestra comunidad presume de su triunfo económico, nuestros ricos nunca han puesto su dinero a la altura de sus palabras. Y no estoy pensando en los que van a Cuba y están dispuestos a hacer negocios allí ahora mismo si los dejaran. Esos son candidatos a cómplices. Sino en los que presumen de su enemistad vertical frente al castrismo, pero no ven ninguna relación entre esa enemistad y sus cuentas de banco.

Se ha entablado una guerra —aunque sea de palabras— entre los que están dispuestos a perpetuar el castrismo como una plantación fascista y los que queremos el fin de la tiranía y el retorno de la democracia a nuestro país; y las guerras se libran, y se ganan, con mucho dinero. Es el momento de que los capitalistas de nuestro exilio pongan sus recursos al servicio de la causa que dicen defender —con una campaña publicitaria que compre los espacios que los medios nos niegan y que haga oír nuestra voz en los círculos de poder y hasta en la última aldea. Nadie más que ellos podría hacerlo.

©Echerri 2014

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