Vicente Echerri

El luminoso y bueno Jorge Valls

El poeta cubano Jorge Valls pasó 20 años en las prisiones castristas.
El poeta cubano Jorge Valls pasó 20 años en las prisiones castristas. El Nuevo herald

Desde temprano fue marcado por un signo de contradicción: nacido en un hogar católico y católico él hasta su muerte, se educó, sin embargo, en un colegio protestante, donde adquirió el buen inglés que hablaba y del que jamás hacía alarde; hombre pacífico y bondadoso por naturaleza, hizo desde muy joven profesión de revolucionario, en un tiempo cuando esa palabra en Cuba tenía una implícita asociación con la violencia; miembro fundador del segundo Directorio Estudiantil Revolucionario, se opuso a la acción más audaz —descabellada y suicida— de este grupo: el asalto al Palacio Presidencial el 13 marzo de 1957; cuando en 1964 el comunista Marcos Rodríguez fue procesado públicamente por la delación que llevó a la muerte a cuatro compañeros suyos del Directorio, compareció en el juicio en defensa del acusado, lo cual contribuyó a abrirle las puertas de la cárcel; pasó veinte años en prisión y el odio no logró contaminar su espíritu; llevó hasta el final una vida austera, casi de asceta, que no le impedía disfrutar de los placeres de la mesa como un sibarita; en el coincidían —armónicamente— el agitador y el hombre absorto en la contemplación. Así fue Jorge Valls Arango, que ha muerto en Miami la semana pasada y a todos sus amigos nos posee una sensación de orfandad.

Recuerdo la primera vez que supe de él. Era marzo de 1964 y estaba yo en casa de un tío mío en La Habana donde se oía por la radio la transmisión del juicio de Marcos Rodríguez. El presidente del tribunal le hacía a un testigo de la defensa la consabida pregunta de si juraba decir “la verdad y nada más que la verdad”. Toda Cuba oyó la respuesta de una voz grave y bien timbrada que decía: “juro ante Dios” (en un momento y circunstancias en que la mención de Dios era prácticamente una mala palabra). Eduardo Palomo, vecino de mi tío y de visita en ese momento, me dijo: “es Jorge Valls, hombre que vale mucho. Pero este gesto puede costarle caro”.

Cuando ingresé en prisión, en 1968 (para una estada relativamente breve) ya Valls era una leyenda entre sus compañeros. Aunque nunca coincidimos en la cárcel, su apacible coraje, su saber, sus atrevidas opiniones políticas y la ortodoxia de su fe religiosa ya eran materia de relato. Hasta los que disentían abiertamente de sus ideas no podían ocultar una admiración por la persona. Alguien de quien parecía que emanara —y en esto todos coincidían— luz y bondad. Se podría estar en desacuerdo con muchos de sus criterios (como fue mi experiencia después de conocerlo), pero ello no lograba menoscabar la humana simpatía que él lograba transmitir sin demasiada efusión, tan sólo por el hecho de estar ahí y de ser una persona genuina y buena.

Lo conocí el 25 de agosto de 1984, acabado de llegar a Estados Unidos, en una rueda de prensa en Miami donde, como es usual en estos casos, periodistas y público querían noticias y pronósticos sobre nuestro país. Yo sólo me acuerdo que él tuvo presente el santo del día: San Luis, rey de Francia, de quien dijo que “fue un rey valiente”, acaso para evadir aquellas preguntas manidas con una respuesta trascendente que era, en sí misma, una contradicción, como su propia vida: un santo guerrero.

Ahora se ha ido, se nos ha ido, y todos los que lo tratamos y lo quisimos nos sentimos víctimas de un despojo, porque la incidencia en nuestra vida de su particular humanidad —aunque fuese circunstancial— sirvió, nos damos cuenta, para hacernos mejores.

©Echerri 2015

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