Vicente Echerri

Vigencia de la Navidad

El famoso árbol de Navidad del Rockefeller Center, en Nueva York, se enciende el 3 de diciembre.
El famoso árbol de Navidad del Rockefeller Center, en Nueva York, se enciende el 3 de diciembre. Getty Images

Mirando hacia atrás, hacia mi propia trayectoria, encuentro que la fe en un Dios providente y benévolo, redentor y custodio, vivamente interesado en mi felicidad y en mi destino —que alguna vez profesé con profunda pasión— ha ido desertando de mí, al extremo de que ya debe de estar al reducirse a cero. El comercio con la razón fue secando ese costado ingenuo y fervoroso de mi vida, imbuido tal vez por un genuino sentido de humildad: esto que soy, esta entidad corpórea que somos los seres humanos, cargados de humores al borde de la putrefacción, poseedores de una vida ridículamente breve, no puede ser del interés trascendente de ninguna deidad, menos aún de esa energía suprema que puso en movimiento el universo. Mi razón me certifica, a diario, que me espera la disolución y la nada, y ese pensamiento, que en mis años piadosos pudo haberme aterrado, ya ni me alarma ni me desconsuela: la vida es simplemente así.

Sin embargo, la incredulidad de mi razón no es inmune a la emoción religiosa de la Navidad, cuyo mensaje de júbilo y amor, envuelto en los mitos que nos son familiares, vuelve a entibiarnos el corazón por estos días. De nuevo resuenan los villancicos en el ambiente y se adornan viviendas y comercios —con mejor o peor gusto— y la gente se muestra más dichosa y fraterna y, llegado el momento, a la medianoche del día 24, en los templos leerán el hermoso relato del capítulo 2 del evangelio de San Lucas que empieza contándonos de un “edicto de parte de Augusto César” del cual no existe ni el menor rastro en la Historia. ¡Y eso qué importa! ¿Por qué hay que exigirle autenticidad histórica a un mito? Pues la Navidad no es otra cosa que el mito fundacional de Occidente, el punto de irradiación de la cultura más pujante que ha conocido el mundo, el cual se nos presenta como una suerte de alegoría, no sólo de origen, sino también de destino: el amor, la paz, la humana solidaridad a que aspiramos se resumen en ese pasaje evangélico que nunca dejaremos de oír sobrecogidos y arrobados.

La reflexión teológica de los hombres que pretendieron recoger, a partir de tradiciones orales, la vida y los hechos de Jesús creyeron necesario destacar su nacimiento con algunos portentos: la lógica exigía que un ser tan extraordinario tuviera un comienzo excepcional. San Pablo ya había identificado a Jesús con Dios cuando los autores de los evangelios redactaron sus textos. Es de suponer que las cartas paulinas, que para entonces empezaban a divulgarse entre las comunidades cristianas, hayan influido en estos primeros registros escritos sobre el líder martirizado en quien la Iglesia Primitiva había descubierto la encarnación de Dios. Si Jesús era el vehículo divino para la reconciliación de los humanos con su creador, ¿cómo podría haber sido oscuro su nacimiento? Los hechos prodigiosos que marcan el final de la vida de aquel maestro galileo (curaciones milagrosas, resurrección, ascensión) exigen un comienzo deslumbrante. El mítico relato de la Navidad responde a una exigencia interna de equilibrio, a una necesidad de simetría.

No importa, pues, que historiadores, teólogos y eruditos bíblicos desmonten el mito y nos dejen, en su lugar, con supuestos mucho más ordinarios: el más importante nacimiento casi seguramente no ocurrió en Belén y, desde luego, tuvo lugar sin ángeles, ni magos, ni estrella, ni Herodes (muerto ya para entonces), ni huida a Egipto ni otros ingredientes fabulosos; pero esa reducción racional, ese despojo, si así queremos verlo, no disminuye para nada la hermosura y la importancia del relato que nos alegra y nos hermana en esta época del año, cuando conmemoramos, una vez más, esa creación poética, sin par en la Historia, que hace converger, por un acto de amor inmensurable, la fuerza sustentadora del universo en un recién nacido de nuestra especie.

© Echerri 2014

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