Vicente Echerri

París, la guerra y el refugio

El título de esta columna quiere enunciar tres temas que, por separado, cada uno de ellos merecería un ensayo, y que me propongo condensar en el breve espacio de esta columna.

El primero responde a quienes dicen que la reacción mundial de estupor, cólera y solidaridad ante los atentados ocurridos la semana pasada en París no suele ser la misma cuando crímenes de igual magnitud, o incluso mayores, ocurren en Kenia, Yemen o en algún otro lugar del tercer mundo. Casi simultáneamente a lo ocurrido en Francia, el terrorismo yijadista dejaba más de cuarenta muertos en Beirut y la bandera del Líbano no se veía en ninguna parte ni nadie andaba por ahí cantando su himno nacional. ¿Hay víctimas mejores que otras?

Medida por el rasero del valor de la vida humana, todas las víctimas son igualmente lamentables, lo que sin duda no es igual es el contexto. Europa ha sido la cuna de una civilización que ha resumido todas las demás, que se extendió y colonizó al resto del mundo e impuso por doquiera sus valores y sus hábitos de vida. Esa civilización es, indudablemente, superior y las grandes capitales de ese continente, sobre todo Roma, París y Londres, constituyen sus centros de irradiación, sus sitios emblemáticos, generadores de una cultura que ha repercutido e influido con sus creaciones hasta en el último rincón de la tierra. No es, pues, lo mismo, como referente cultural, París que Beirut o Bogotá (aunque la vida de colombianos y libaneses valga lo mismo). De ahí que la conmoción de este hecho atroz resulte justificadamente más traumática por el escenario en que tiene lugar.

El presidente francés ha dicho más de una vez que los actos terroristas del pasado viernes ponen a Francia —y por extensión a la Unión Europea— en pie de guerra. La respuesta, casi inmediata, ha sido el incremento de las misiones de bombardeo contra el llamado Estado Islámico en Siria, que se ha hecho responsable de los atentados, y el envío a la zona, con el mismo propósito, del portaviones Charles De Gaulle. Si a esto se reduce la guerra, sería un chiste. Guerra significa una movilización coordinada contra un enemigo y —hasta el presente— emplazamiento de tropas sobre un terreno de operaciones. La aviación es un poderoso recurso de ablandamiento, pero no mucho más. Un enemigo, y particularmente una fuerza guerrillera, debe ser enfrentada y derrotada en tierra y para ello el uso de la infantería es, hasta el momento, irremplazable. Si el presidente Hollande es, a diferencia del Sr. Obama, un hombre serio, debe enviar tropas a Siria cuanto antes.

Esto sucede en medio de la mayor crisis migratoria que ha tenido lugar desde la segunda guerra mundial y cuando miles de sirios, huyendo de la violencia y del horror que vive su país, han inundado las costas y los caminos de Europa. Aquí, en Estados Unidos, como reacción a los atentados de París (entre cuyos perpetradores se cuentan individuos que se infiltraron entre esos inmigrantes), una treintena de gobernadores ha anunciado que rehusarán admitir en sus territorios a cualquier cantidad de los 10,000 refugiados que el Presidente ha dicho que serían recibidos aquí. Esta reacción es profundamente injusta, pues termina por incriminar a las víctimas de los mismos islamofacistas a quienes combatimos. Piensen, por ejemplo, muchos de los cubanos que me leen, lo triste que habría sido, a raíz de la crisis de los misiles, cuando Fidel Castro aspiró a la incineración masiva de Estados Unidos, que este país le hubiera cerrado la puerta a los que huían de esa tiranía. ¿Que entre los refugiados sirios puede haber infiltrados? Sin duda. Entre los fugitivos del castrismo también.

©Echerri 2015

  Comentarios