Vicente Echerri

Motivos para dar gracias

Un gran número de personas disfruta una comida de Acción de Gracias que se ofrece cada año a necesitados en Los Angeles.
Un gran número de personas disfruta una comida de Acción de Gracias que se ofrece cada año a necesitados en Los Angeles. AP

En mi visita a Israel meses atrás, uno de mis anfitriones me llevó al Muro Occidental, o “de los lamentos”, en Jerusalén, donde es usual que los visitantes escriban oraciones en unos papelitos que luego introducen en los intersticios de las enormes piedras que fueran parte del magnífico Templo, santuario central del judaísmo, que destruyeran los romanos en el año 70 DC. Observante como soy de los ritos, pese a mi poca fe, cumplí con la piadosa tradición. Poco después, mientras almorzábamos, mi acompañante, sin poder contener su curiosidad, me preguntó qué petición había hecho en el papel que puse entre las piedras. A lo cual le contesté: “no pedí nada, sólo di gracias”.

La gratitud —a Dios, a la vida o, como diría Borges, “al eterno laberinto de los efectos y de las causas”— es, creo yo, el sentimiento religioso más hermoso y noble que puede salir del corazón humano, acaso porque lo motiva un impulso a la comunión, a la solidaridad, a la empatía con el universo. Surge del reconocimiento de nuestra individual precariedad y de lo mucho que nos liga a todo nuestro entorno para ser felices, sanos y útiles. De esa interacción con el medio surgió la vida, el más extraordinario y misterioso de los fenómenos, en cuyo ápice nos encontramos, ignorantes aún de muchas cosas, pero sabedores de que dependemos del sol y de la atmósfera para existir del mismo modo que dependemos de nuestros mayores cuando, al nacer, somos unas de las criaturas más desvalidas de la tierra.

La concatenación de hechos que me permite escribir esta columna, y a usted leerla, es tan compleja e intrincada, deriva de tantos hechos fortuitos, de tantos accidentes (aunque muchos de ellos se revistan de actos deliberados) de tantas cosas que hemos recibido sin buscarlas y sin merecerlas que el espíritu se nos inunda de un impulso inefable que nos lleva a poner la vista en lo que nos rodea o alzarla hacia el misterio del universo (esa bóveda que los antiguos llamaron firmamento) para decir: “gracias”.

No es necesario ser creyente en el sentido convencional del término, ni expresar esa gratitud en una iglesia o con las palabras tradicionales con que alguna vez aprendimos a orar para sumarnos regocijadamente a esta acción de gracias que está bien que se destaque un día, pero que es o debería ser actitud de todos los días, disposición permanente del ánimo que nos reconcilia con el mundo y nos hace sentir parte inteligente de su aventura, aunque no lleguemos del todo a entenderla.

Y este agradecimiento debe primar en nuestro ánimo y en nuestra conducta social frente a las diarias calamidades que agreden o enturbian nuestras razones básicas para la alegría: la enfermedad, la muerte, la pobreza, la guerra, los desastres naturales, la conciencia pesarosa de nuestra propia finitud… Hemos tenido el privilegio de asomarnos y haber sido admitidos a la maravilla de la existencia, que es ciertamente breve, pero espléndida; hemos sido dotados de razón para entender algunos de sus principios y de mecanismos afectivos para percibir los sentimientos que nos suscita y de vehículos para expresar esas ideas y sentimientos.

¡Pobres seres humanos!, dirán algunos, los eternos pesimistas e ingratos, los que juzgan esta vida por todo lo que en ella nos falta y a quienes a veces no contenta ni el mito de la eternidad. ¡Grandes seres humanos!, diremos otros, en honor de los que, en presencia del mal y de la extinción cierta, se atreven a afirmar con coraje que bien vale la pena.

©Echerri 2015

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