Vicente Echerri

A resultados mediocres, esperanza mayor

Un año después de que se anunciara el cambio de política de Estados Unidos hacia Cuba —con el consiguiente restablecimiento de relaciones diplomáticas entre ambas naciones luego de 54 años de ruptura, así como la aplicación de varias medidas para relajar las restricciones impuestas por el embargo—, las opiniones siguen divididas sobre los méritos de este giro, así como sobre los frutos que ha producido a corto plazo.

Los que habían apostado por este cambio desde antes que ocurriera, siguen justificándolo con sincero o pretendido optimismo a pesar de los magros resultados y del inmovilismo del régimen castrista. A los que nunca nos gustó esa política de acercamiento —y legitimación— de parte de Estados Unidos hacia la tiranía que nos mantiene en el exilio (ya el lenguaje delata mi posición recalcitrante, ¿verdad? Esto evita perder tiempo en aclaraciones inútiles), los hechos parecen venir a darnos la razón: más allá de alguna flexibilidad en los viajes al extranjero y de la legalización de pequeñas empresas (iniciativas que ya se habían puesto en marcha antes del anuncio del presidente Obama), nada parece haber cambiado: la naturaleza del régimen, aunque carcomida por la ineficacia que le es connatural, se mantiene intacta.

Los optimistas han llegado incluso a elaborar de motu proprio una hoja de ruta en la evolución del castrismo. Afirman —es uno de sus supuestos— que Cuba no podrá resistir el ariete de la nueva política norteamericana que los desarma y los deja sin argumentos y que Estados Unidos tiene más posibilidades a partir de ahora de subvertir, en pro de la democracia, la endeblez de un sistema que se asienta en una ficción. Claro, no hay que esperar un derrocamiento del gobierno —ya eso sería pedir demasiado— tan sólo leves alteraciones en la clase mandante que le permita acceder a un aperturismo de baja intensidad sin perder las prebendas, y todo esto con el complaciente arbitraje de los americanos. ¿quiénes si no?

Admitamos que eso, tristemente, es lo que podría ocurrir; pero lo que en realidad ha ocurrido en el curso del último año —desde que Obama anunciara su nueva política hacia Cuba el 17 de diciembre de 2014 hasta el día de hoy— es una reafirmación ideológica del castrismo —al menos en el discurso oficial— y un recrudecimiento de la represión (si la medimos por el número de arrestos a personas de la oposición). Las decisiones arbitrarias, la burocracia anquilosada, el hundimiento económico —taras propias de la gestión totalitaria— siguen siendo iguales o peores, no obstante el aumento notable del turismo en los últimos 12 meses. El toque de Midas negativo del experimento socialista se mantiene invariable: todo lo que toca se convierte en mierda.

La política de Obama hacia Cuba —tan anunciada, y tan encomiada por los optimistas— es un fraude risible (si no fuera para llorar, a los que les toca hacerlo frente a la desgracia de su patria). Cierto que el status quo ante no había provocado el derribo del régimen en más de medio siglo, pero mantenía —precisamente por ser esta superpotencia quien lo auspiciaba— una situación de precaria ilegitimidad siempre proclive al cambio drástico, que es lo noblemente apetecible. Me alegra, no puedo ocultarlo, que la movida de Obama hacia Cuba haya tenido unos resultados tan mediocres. ¡Ojalá siga hundiéndose sin tocar fondo en el pantano de su ineptitud que tan bien se corresponde con el lodazal en que ha convertido a Cuba un régimen de cerdos pícaros como los que Orwell pusiera en su granja! Nosotros, los intransigentes, seguiremos esperando por el día de la ira.

©Echerri 2015

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