Vicente Echerri

La pasión de la Historia

En nombre de la “memoria histórica”, un comodín que sirve para mucho, los rojos (o rosados, que a veces son peores) que se apoderaron recientemente del ayuntamiento de Madrid han empezado a quitar nombres de calles y monumentos que consideran una exaltación del franquismo (la dictadura que sojuzgó a España por casi cuatro décadas). En Gran Bretaña, uno de los famosos colegios de la Universidad de Oxford, en respuesta a una campaña estudiantil antirracista, está considerando arrancar una estatua de Cecil Rhodes, uno de los grandes benefactores de ese College, el cual otorga las famosas becas que llevan el nombre de quien fuera, además, uno de los mayores promotores del colonialismo británico en África. El debate que esto ha suscitado enfrenta, necesariamente, a los que creen que la Historia es lo que ha sucedido y no podemos ni debemos aplicarle un rasero de corrección política; y los que opinan que la historia es lección y que los “malos” no deben contar con monumentos que los inmortalicen.

En esto último podríamos mostrarnos de acuerdo para descubrir, un momento después, que cualquier convenio racional a que lleguemos a priori es falso porque, en el trasfondo, está la política que —junto a la religión y los deportes— constituye una de las grandes pasiones de los seres humanos, aunque por vergüenza de mostrarnos apasionados disfracemos nuestros argumentos con los ropajes de la razón.

A mí —que confieso me simpatiza el imperialismo británico y que sostengo que África estaba mejor gobernada en la época colonial— me molesta que quieran remover la estatua de Rhodes, quien además de colonialista fue un filántropo de la cultura; sin embargo, mi anticomunismo no menos militante me lleva a alegrarme cada vez que veo arrancadas las estatuas de Lenin y de otros comunistas notorios en los países del antiguo bloque del Este. Me duele, como cubano conservador, que de la estatua de nuestro primer presidente en La Habana no hayan quedado más que los zapatos, al tiempo que sueño con el día en que dinamiten la tumba del Che Guevara en Santa Clara incluidos sus restos (auténticos o no).

Pongo por delante mis prejuicios para atreverme a afirmar que los seres humanos responden de manera semejante ante los hechos y los protagonistas de la historia, aunque no lo confiesen y, si se trata de la historia reciente, nuestras pasiones, como es de suponer, están más a flor de piel y afloran con vehemencia y prontitud mayores (desde luego, me refiero a las personas que tienen conciencia de la importancia de la historia; habrá muchos a quienes esta discusión les sea del todo indiferente).

¿Son siempre los monumentos a sucesos o personajes del pasado un encomio de los mismos ante la posteridad o un simple reconocimiento de su existencia, de que tuvieron —para bien o para mal, según el punto de vista del que juzgue— una importancia en determinado escenario?

Resulta más fácil optar por lo segundo cuando los individuos y los hechos están lejos en el tiempo. Por ejemplo, el Príncipe Negro, campeón de Inglaterra al comienzo de la guerra de los Cien Años en el siglo XIV —y quien ordenó la masacre de la población civil de Limoges, en Francia, hasta el punto que la sangre anegó los cascos de los caballos— tiene su sepulcro con estatua yacente a unos pies del altar mayor de la catedral de Cantórbery, sin que a nadie se le haya ocurrido, que yo sepa, que deben removerlo de ese lugar de honor por genocida. Los casi setecientos años transcurridos sirven para atenuar nuestras pasiones y su culpa.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

© Echerri 2016

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